Pandoras Invisibles

Érase una vez, en un país no tan lejano llamado Argelia, un castillo lleno de princesas.
Las había de todas las edades y tamaños.

Un buen día paseando por aquel desierto encontramos el castillo, una gran fortaleza donde más de cien princesas vivían.
Todas tenían un dueño, unos príncipes llamados PATRONES que las “protegían”.
Los “caballeros andantes” se acercaban al castillo a comprar princesas.

“Cuestan 300 euros por seis meses. La compro y vive conmigo como si fuese mi mujer, me cocina, me lava, me hace compañía y claro, también sexo. Después la devuelvo. Si tengo dinero me compro otra”, Amine venía desde el lejano país de Mali y compraba princesas para no estar solo.

“Si quieres una chica son 300 euros por seis meses. Vive contigo como si fuese tu mujer, te cocina, te lava, te hace compañía y claro, también sexo. Después me la devuelves. Si tienes dinero la vuelves a comprar o si no se la vendo a otro”, John venía desde el lejano país de Nigeria y vendía princesas para hacer negocio.

“Si me quieres mi patrón me vende a 300 euros por seis meses. Vivo contigo como si fuese tu mujer, te cocino, te lavo, te hago compañía, me dejo violar, me dejo pegar. Después me devuelves. Si tienes dinero me vuelves a comprar o si no me comprará otro”, Beauty venía desde el lejano país de Nigeria y era una preciosa princesa en venta.

Decía una antigua leyenda que hacía siglos que en el mundo se compraban princesas. El sistema de compraventa se encargaban de mantenerlo unos viejos brujos llamados DESIGUALDAD SOCIAL, POBREZA Y FRONTERAS.
Los tres trabajaban muy bien juntos y se jactaban de haber diseñado un mundo casi perfecto donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde.

Pero un buen día una de las princesas había sido devuelta embarazada a su PATRÓN. El caballero andante había consumido el tiempo de su compra.

“Me dejan venir a dormir algunas veces con ella. No puedo comprarla de nuevo pero me gustaría llevarme a mi hijo cuando dé a luz”, Lamine venía desde el lejano país de Mali y tenía previsto cruzar un ancho mar que le llevase al paraíso.

“Le dejamos venir a dormir algunas veces con ella. Ahora embarazada es muy difícil venderla. Debería haber abortado pero con cuatro meses de preñado podría morirse como le pasó a otra el año pasado. Realmente el niño me pertenece cuando nazca, si hubiese nacido cuando estaba comprada sería diferente, ahora también es mío, como ella”, William venía desde el lejano país de Nigeria y tenía previsto vender al hijo de nuestra princesa.

“Viene a dormir algunas veces conmigo. Me compró y me dejó embarazada. No quería abortar porque nos dan veinte pastillas y después tenemos que apretar y nos morimos de dolor, aquí no hay doctores. Ponemos lo que sale en una bolsa de plástico y se tira, a veces los perros juegan con ella. Algunas veces nuestro patrón nos explica que nos embaraza el demonio y hay que expulsarlo del cuerpo. No quería abortar porque tengo miedo. No sé si tengo un niño o un demonio, pero no es mío. No sé si es de Lamine o si pertenece a William”, Esther es una pequeña princesa de quince años embarazada de seis meses.
Las princesas de aquel castillo sueñan viajar a otros países allende de los mares donde una princesa dicen que tiene un valor incalculable.

“Algún día estaré en otro sitio, pagaré mi deuda y seré libre. Allí seré mi propio patrón”, Tina es una princesa abandonada por enfermedad que ya no puede ser vendida.

Después de abandonar el castillo recuerdo que he visto princesas como éstas en otros sitios, en Almería, Villaverde, Ramblas de Barcelona…
Allí se venden 15 minutos de princesa a 10 euros.

Así que colorín colorado este cuento no se ha acabado.

Dicen que los cuentos sirven para pensar y transmitir valores. Creo, que a veces, cuando la realidad es tremendamente horrible, los cuentos nos permiten expresar cosas que no tendríamos la valentía de decir de otra manera. Perdonad mi cobardía.