Pandoras Invisibles

Koné Abdoulaye murió intentando salir de Ceuta escondido en los bajos de un camión. Poseía documentación que le permitía circular libremente por el estado español, pero aún así la Delegación de Ceuta vulnerando sus derechos le mantenía “preso” en territorio ceutí.

Abdoulaye Kone en una foto tomada con el móvil de un amigo (El Faro de Ceuta)

Dar la noticia de la muerte de alguien siempre es un trago amargo, pero lo peor es darla cuando sabes que la muerte se ha producido porque nuestras instituciones violaron las leyes.

Hablar con los amigos de Abdoulaye en Rabat y con su familia en Senegal  me ha dejado unos trazos de rabia que me cuesta gestionar.

“Es el gobierno español el que ha matado a nuestro Abdoulaye”, declara un miembro de su familia refugiado en Senegal.
Hablamos durante casi una hora. Le repito varias veces cómo ha pasado y varias veces me vuelve a preguntar lo mismo. Al principio los llantos no la dejan hablar y a mí se me hace un nudo en la garganta, así que los silencios son importantes.
Después viene la furia conforme le narro dos o tres veces cómo sucedieron los hechos.

Al final preguntan si Abdoulaye está enterrado, que eso es lo más importante en este momento,  porque ellos no tienen medios ni patria para repatriar su cadáver.

En Senegal y en Costa de Marfil se están preparando unos funerales. No tienen posibilidades económicas pero intentarán matar aunque sea un cordero, para pedir que el alma de Abdoulaye descanse en paz. La comunidad costamarfileña refugiada en Senegal se está volcando con los miembros de la familia.

Los que llevan varios días consternados son sus compañeros de Rabat. Todos se debaten  entre la resignación y la incertidumbre por su propio futuro. Ablo, nombre por el que era conocido en su comunidad, deja muchos amigos.

“Era mi pequeño, compartimos habitación durante un año entero. Era mi pequeño. También Smael le conocía bien. Todos le conocíamos bien. Hay que avisar a la familia… No te angusties era su destino, corremos muchos riesgos. ¿Cómo murió con los papeles en el bolsillo?, repitémelo otra vez para explicarlo bien a sus amigos y familia, no lo entiendo”, a Oumar le cuesta asimilarlo.

Abdoulaye dijo en casa en Rabat que se iba durante tres días al bosque, quería probar suerte. Ya había pedido el asilo en Marruecos pero la situación de indefensión de los refugiados en el reino alaouita le llevó a dar el salto a Ceuta.
“Pasó aprovechando la fiesta del Ramadán”, cuenta uno de sus compañeros. “Era su destino, los que estamos en la aventura nos arriesgamos a esto, da igual que seas un refugiado, es lo mismo, sabemos que el maltrato lo sufrimos todos”, dice otro costamarfileño.

Las llamadas de teléfono de sus compañeros de Rabat no cesan. “Verdaderamente es increíble, es como si la política de Ceuta y Melilla fueran diabólicas. El caso de Abdoulaye no es el único, tenemos muchos compañeros y familias así en las dos ciudades. Muchos que ya fueron reconocidos por Acnur como refugiados”, declara S., un líder de los refugiados costamarfileños.

“Era un niño, parece que le estoy viendo arreglando zapatos en aquella plaza”, comenta desconsolado uno de sus amigos.

Abdoulaye era joven y estaba necesitado de protección, la pedía a gritos. De asistencia psicológica, de entornos seguros.
Ni en Marruecos ni en España supimos tratarle como a un niño que había vivido una experiencia de guerra.
Su muerte es el fracaso de nuestros sistemas de protección, los nacionales pero también los internacionales.
Su muerte es el resultado de las violaciones de leyes nacionales e internacionales.

” Teneis que hacer algo para que éso cambie”, pide entre sollozos un refugiado de la misma edad que Ablo.