Pandoras Invisibles

Manos de un inmigrante en Canarias (Javier Bauluz / PIRAVÁN)

“Habíamos estado cuatro días al borde del mar esperando montar en la zodiac para irnos a España. Decidimos volver al bosque porque no podíamos aguantar más. Estábamos sin comer, escondidos y hacía un frío tremendo. Cuando volvíamos comenzó a sentirse mal, cansado. Al llegar a una zona del bosque se tumbó en el suelo y dijo que no podía más, se quedó allí encogido, con sus manos sobre las rodillas como un bebé y nos dimos cuenta de que dejó de respirar. No lo había soportado”. Amadou relata así la muerte de su compañero sucedida en el domingo 23 de enero.

“Entonces es que había sufrido mucho. Murió de sufrimiento”. Ismael reflexiona así sobre la noticia del fallecimiento.

Allí se quedó en el bosque el compañero maliense cuyo nombre desconocen todos. La nacionalidad se le notaba en el acento, en ese francés peculiar que tiene la etnia bambara.

Y eso que los malienses son de los más duros, los que más aguantan los dolores del camino.

Allí se quedó, en el bosque, el compañero maliense como otros que se quedaron en el desierto o en el mar, “porque el camino está hecho de cadáveres y pisamos sobre ellos”, Sekou lo dice sin lamento, más bien como un grito a la conciencia.

El otro día hablaba con una monja adoratriz (a la que comienzo a adorar por su capacidad de lucha) sobre mi próximo viaje. Debatíamos acerca de lo peligroso de la zona, del riesgo, y ella me decía “si te pasa algo que te dejen allí, qué más da”. Le dije que no inmediatamente, porque tengo un seguro que me permite la repatriación de mi cuerpo y fantaseábamos sobre una gran ceremonia en la que todo el mundo me lloraba.

A todos nos importa nuestra muerte, el último acto de nuestra vida que nos da la sensación de que somos eternos, únicos e importantes. Así que este post de hoy, quiere ser una pequeñita ceremonia de despedida para el cuerpo del compañero maliense cuya última parada ha sido un bosque con vistas al Estrecho.