Pandoras Invisibles

Como un compás que se abre y se cierra, así se definen las fronteras de Ceuta y Melilla en el contexto de la ‘Europa Fortaleza’.

La mañana del pasado domingo, 11 de septiembre, llegó mojado al bosque anunciando al resto de compañeros que la Guardia Civil devolvía a la gente desde la ciudad de Ceuta.

A las cuatro de la mañana había entrado a nadar al mar junto a cinco amigos. Llegaron a la costa y entraron en Ceuta. Un guardia civil les dijo, “tranquilo moreno” y ellos inmediatamente, sin oponer resistencia, se sentaron en el suelo.

Esperaban ser trasladados al campo, como denominan los inmigrantes al CETI, mientras veían acercarse dos guardias civiles como refuerzo del primero. Se dieron cuentan de que iban a ser devueltos a Marruecos y uno de ellos intentó huir, corría en dirección al nuevo hospital de Ceuta, cuando fue alcanzado por el Guardia Civil, que utilizó la porra para reducirle. Le quedó una gran brecha entre la frente y la cabeza.

Inmigrantes en el bosque de Ceuta (H. M.)

Mojados y con el compañero golpeado fueron entregados por una de las puertas de la frontera a las autoridades marroquíes. Cinco, entre ellos la persona herida, quedaron detenidos y enviados a la frontera con Argelia y el otro fue liberado porque tenía su pasaporte en regla.

Así lo contó la mañana del domingo mientras se cambiaba la ropa en el bosque.

El devenir del control migratorio entre los dos países parece haber cambiado de nuevo. Lo anunciaba GADEM (Grupo Antiracista) en su comunicado del día nueve, donde explicaba cómo desde comienzos de septiembre se habían recrudecido las redadas y deportaciones en Marruecos, sobre todo en la zona de Nador y Rabat. Gadem señalaba como detonante de esta situación a los encuentros oficiales que Arturo Avello, director general de Relaciones Internacionales en el Ministerio del Interior,  y Francisco Velázquez, Director General de la Policía y de la Guardia Civil, tuvieron con autoridades marroquíes, entre ellas Khalid Zerouali, responsable de inmigración y control fronterizo del Reino de Marruecos.

España centraba su negociación en que  Marruecos cambie la actitud que desde el año pasado venía manteniendo respecto a las fronteras de Ceuta y Melilla.

En agosto de 2010 un comunicado oficial del gobierno marroquí explicaba cómo se efectuaban las devoluciones de migrantes desde Ceuta a territorio alaouita. En él hablaba de ocho subsaharianos interceptados por la Guardia Civil que fueron abandonados en la playa de Ben Younech en mal estado de salud. Desde esa fecha Marruecos dejó de aceptar a migrantes devueltos en estas circunstancias.

El pasado mes de agosto varios subsaharianos subían agotados por la montaña próxima a Castillejo, ciudad fronteriza con Ceuta. No llegaron al agua porque les interceptó la policía marroquí.

Explican que “si llegas al agua, no hay problema, de ahí los marroquíes no te detienen, aunque es muy difícil llegar porque hay bastante seguridad, pero una vez en el agua si los españoles te interceptan no te dan a los marroquíes de nuevo como hacían antes”, declara un guineano. Han pasado toda la noche en la comisaría de Tetuán. Algunos se quejan del trato recibido: “me han empujado y se han ensañado dando golpes con la porra, no entiendo cómo puede hacer eso un musulmán recién terminado el mes de Ramadán”, se queja un ciudadano maliense.

Dicen que lo volverán a intentar porque la situación en Marruecos y en sus países no mejora y que no le ven ninguna otra salida a sus vidas, aunque son conscientes que en Europa la crisis no permite que encuentren trabajo fácilmente. “Cuando has salido de tu país tienes que ir hacia adelante, volver atrás muchas veces supone una estigmatización, un fracaso.”

Numerosas organizaciones han denunciado los procedimientos de devolución entre ambos países, respecto a ciudadanos procedentes de estados terceros, y que se basan en el acuerdo de buena vecindad de 1992 y en otros encuentros bilaterales. Las quejas de las asociaciones y entidades como el Defensor del Pueblo o ACNUR, ponían de manifiesto que ambos países sitúan sus acuerdos bilaterales por encima de convenciones internacionales y  leyes estatales, lo que provoca un aumento importante de la vulneración de derechos humanos en las fronteras de Ceuta y Melilla.

Aunque ambos países no varían sus políticas por las recomendaciones internacionales, sino por un juego de tira y afloja donde hay intereses económicos importantes.

“Ibamos en la zódiac. Podíamos ver los coches y creo que hasta un autobús. Estábamos ahí, al lado de Ceuta, a punto de llegar a la costa cuando nos interceptó la Marina Real marroquí. Pensábamos que vendría a buscarnos la Cruz Roja o la Guardia Civil como había pasado todos estos meses, pero era la Marina. Les suplicamos una y otra vez que nos dejaran, pero nos explicaron que no podían, que ahora los españoles habían acordado con Marruecos que no entrase nadie y que era lo que pasaba ahora. Teníamos a una mujer mayor en la embarcación que lloraba mucho, con la tensión muy alta y ahora está en Oujda porque la enviaron a Argelia. No hemos tenido suerte, tendremos que esperar a ver si esto cambia, lo que cuenta aquí es la suerte”, nos cuenta J.S.

Usando lanchas pequeñas compradas en grandes supermercados, ataviados con flotadores, colchonetas y chalecos, inmigrantes de distintos países de África se lanzan al mar huyendo de situaciones varias que van desde el hambre a la persecución. Pero también hay que mencionar que dentro de este flujo hay un porcentaje alto de personas cuyo fin será la explotación en el estado español u otros países europeos, siendo más importante la cifra de mujeres destinadas a la prostitución, pero también otros migrantes que van encaminados al mercado laboral en situación de explotación.

“Las mujeres pagan mucho dinero, bueno no ellas, lo paga la red. Así también se aseguran llegar al agua, que sea más fácil entrar, vamos. Pero son mujeres que van luego a la prostitución, ya sabes al negocio. Es la única salida que tienen. El otro día había varias que eran niñas, vamos que eran muy pequeñas y ya embarazadas y todo”, declara un inmigrante camerunés.

El lunes doce fue el último intento de entrada en grupo a Ceuta, primero a través de la frontera terrestre y después a nado, con el resultado de más de veinte inmigrantes que lograron llegar a territorio ceutí.

Las fronteras y los derechos humanos se debaten en las alturas de los intereses políticos, y se luchan cada día, al caer la noche.


Viendo la foto que publica Luís de Vega en el ABC del 27 de septiembre, reconozco al primero que va en la fila escoltado por los soldados marroquíes.

Es Check, maliense, y en el campamento de migrantes próximo a Ceuta tenía montado un negocio de recargas de baterías de móviles.

Ante la cámara oculta su rostro, pero le recuerdo en su ghetto (o chabola) rodeado de teléfonos móviles cargándose a través de una batería de coche. En el bosque no había electricidad y así él hacía un servicio a la comunidad y se ganaba la vida mientras esperaba a pasar a Europa.

Pagaba a un marroquí de un pueblo cercano que le recargaba la batería y él cargaba a su vez los teléfonos por un módico precio. Después, amplió el negocio con una segunda batería que le regalamos.

Ese era y es nuestro amigo Check, un tipo listo, con iniciativa, que huía del hambre y la miseria con todas las ganas de un hombre joven.

Duele verle escoltado por los militares como si fuese un delincuente. Aquel día se entregó a las fuerzas de seguridad porque según él, corriendo Jbel Moussa, montaña  arriba nunca le hubiesen cogido.

A veces, por las mañanas temprano venía al ghetto del viejo Abdelkader, cuya chaqueta se le había pegado al cuerpo como una segunda piel (verano e invierno, la chaqueta permanecía con él siempre) y se lo llevaba a subir y bajar montañas para estar en forma.

Cada uno tenía su rutina en aquel campamento informal, autorganizándose para no olvidar que eran ciudadanos.

Buscar el agua, lavar la ropa, hacer el té, los turnos de comidas. Incluso tenían gobiernos y aquellas leyes escritas con castigos como el destierro o la construcción  del ghetto cárcel ,donde podían pasar desde dos días a una semana.

Sobre todo se hacía hincapié en no robar ni agredir a la población local.

Sabían que estaban de prestado.

Con la liga de fútbol entre comunidades estaban entretenidos. El cuidado del campo estaba a cargo de los casi 30 menores guineanos.

Esta era la cotidianeidad de la vida de aproximadamente mil personas que vivían en los asentamientos del bosque próximo a Ceuta antes del salto a la valla del 29 de octubre de 2005.

Después comenzaron los muertos, las llamadas desde el desierto y los crímenes sin investigar.

“La jornada del 29 fue difícil. Llevábamos varios meses de asedio policial. El acceso al agua y a la comida cortado. Cuando ibas a buscar agua tenías que dar diez dírhams a la policía y cuando volvías otros diez. Estábamos al límite de las fuerzas. Y escuchábamos lo que estaba pasando en la valla de Melilla. Todos nos empujaba a ir hacia adelante a intentarlo, lo que no sabíamos es que íbamos a morir tantos en el intento. Dispararon por delante y por detrás. Marroquíes y guardia civil. Dispararon ambos y nosotros estábamos en medio, una avalancha de gente cayendo desde la valla”.

Ciertamente debió ser terrorífico.

No pude verlo, pero Cisse me despertó aquella madrugada sobre las tres y podía escuchar los gritos de la gente pidiendo asilo, llorando de dolor, también voces en castellano que decían “cállate negro…cabrón… moreno” y algo que podría identificarse como disparos.

Después continuó  la locura y miles de inmigrantes de origen subsahariano fueron deportados a la frontera que Marruecos comparte con Mauritania, el Sáhara y Argelia.

La primera víctima por disparos había caído en la valla de Melilla, dos semanas antes estábamos con él y con su grupo que huían ensangrentados de un intento de salto.

Aquel chaval camerunés se nos clavó en el corazón pensando que sería el único. Pero sólo era el primero.

Revisando los documentos de aquel momento un largo listado de 245 personas desaparecidas surge ante mis ojos.

Luego están los cadáveres aparecidos en ambos lados de la valla, todos con nombres y apellidos, familias que han hecho funerales por sus hijos pero sin que nadie aún les haya hecho justicia.

“Cuando vi a Le Roi caer de la valla pensé que había muerto, su madre quedó arriba bloqueada por los disparos. La cogí y la ayudé a no caer”, recuerda Dani.

Le Roi tenía apenas unos pocos meses cuando cayó de lo alto de la valla de Ceuta. Durante el bullicio permaneció callado, sin llorar. Al principio le daban por muerto, pero el bebé estaba vivo. Ahora, reinstalado en Europa junto a su madre, escucha la historia de aquella noche como si fuese un cuento donde él es un héroe que sobrevive al infierno de las balas.

Han pasado cinco años y pocos medios se han hecho eco del aniversario.

Muchos nos hemos llamado por teléfono para recordar a los muertos y desaparecidos y  sus anécdotas de vida.

Desde Guinea Bissau, Ghana, Noruega, Argelia, Dinamarca, los compañeros de aquel “genocidio” llaman para saber cómo van las cosas por las fronteras marroquíes y compartir dolor y recuerdos.

Hace cinco años me decían que usar la palabra genocidio había restado credibilidad a nuestra denuncia porque en realidad aquello no se podía calificar con ese término.

Tal vez la palabra no sea correcta o no es políticamente aceptable definir así unos hechos pagados con fondos del estado español y habría que buscar otros conceptos.

Sea como fuere, muchos muertos y desaparecidos y una responsabilidad que nunca hemos asumido.

Cinco años después seguimos pidiendo justicia y teniendo memoria.


Lleva cuatro años esperando un test de ADN que la confirme como madre de su hijo, un menor tutelado por la Comunidad de Madrid.

“Vivo con el miedo a que mi niño sea dado en adopción a una familia española, si es que no lo está ya”, declara F. ante la dificultad de obtener información sobre su hijo.

Uno de los principales problemas a los que se enfrenta F., como ella misma dice, es que es pobre, inmigrante y vive en Marruecos.

En 2006, con su demanda de asilo bajo el brazo, tramitó en el Consulado de Tánger una procuración para que un abogado la representase en el estado español y parar el proceso de adopción de su hijo.

Adjuntaba los documentos que probaban la filiación entre ambos.

Describía así cómo su niño había llegado a la Comunidad de Madrid,

“Durante mi estancia en Rabat, en el barrio de J5, hemos conocido a una estudiante de Islas Comores, que nos ha ayudado a encontrar una pequeña habitación en ese barrio. Hemos hecho amistad con esa estudiante con la que dejaba a mis hijos. Estuve hospitalizada con mi hijo, el más pequeño, en Rabat y durante la hospitalización he dejado a mis otros hijos H. y A., con la chica de Comores.

Un día, el hermano de la chica ha venido enfadado al hospital porque su hermana le había dejado un niño en su casa y  la estaba buscando. He sentido pánico, sabía que algo andaba mal, que algo le había pasado a mi segundo hijo.

Después de un mes, el hermano de la chica me ha dicho que había recibido una llamada procedente de Casablanca, del aeropuerto, que su hermana había sido repatriada desde Barajas, pero que mi hijo se había quedado en España. Ella había intentado irse con un pasaporte perteneciente a una madre y donde también había un niño. Así, conseguí, en octubre de 2005, el contacto de una organización española que me informó de la situación de mi niño.

Después de reclamar mis derechos como madre durante más de cuatro años, las autoridades españolas me han hecho saber a través de la Cruz Roja Internacional que mi hijo está en adopción temporal y en espera de la adopción definitiva”, declara F., mamá del menor.

La media luna roja hizo un informe sobre la penosa situación en la que subsiste la madre.

En Marruecos malvive tras que el ACNUR le denegase el asilo. Ella, procedente de Congo RDC, se queja porque otras mujeres de su mismo perfil sí que han sido declaradas refugiadas. Tres hijos viven aquí con ella, uno de ellos recuerda perfectamente a su hermano pequeño que está en España.

En teoría, un test de ADN debería haberse hecho al menor y otro a la madre.

El problema es que nadie se ha querido hacer cargo de los gastos y del trámite que esa prueba supone en Marruecos. Ninguna administración española o marroquí, y ningún organismo internacional.

La única relación directa con la realidad del menor se hace a través de Cruz Roja Internacional. Hace unos meses, se recibía una notificación desde Cruz Roja en España donde  se decía que la madre llevaba tiempo en paradero desconocido, lo cual podría haber acelerado los trámites para la adopción.

Hecho que no era cierto, puesto que ella mantenía en todo momento relación con la Media Luna Roja a la que incluso notificaba sus cambios de domicilio. Asimismo, mantuvo siempre el contacto con organizaciones españolas que apoyaban su caso en Madrid.

Todo esto a pesar de que F. ha sufrido durante estos cuatro años un secuestro, varias deportaciones a frontera y ha sido víctima de violencia.

En estos momentos dice estar embargada por la misma resignación que  su camarada O., que perdió a su hijo en la valla de Ceuta en circunstancias sin clarificar. El pequeño fue pronto trasladado a la península por las autoridades españolas y entregado en adopción.

Su madre, que ha intentado buscarlo por todos los medios, no puede tener acceso a ninguna información sobre el menor. “Sólo quiero que sepa un día que su madre le ha estado buscando y que le quería y que le quiere. Al menos poder hablar con él por teléfono”.

Ambos niños eran muy pequeños cuando llegaron al estado español, y  dejar pasar el tiempo, hace que la balanza sobre el interés superior del menor se incline hacia la adopción. Además, si del otro lado están madres solas, inmigrantes  que huyeron de un conflicto bélico y que nunca pudieron denunciar la sustracción de sus hijos, el drama está servido.

“¿Qué le puedo ofrecer? Mis otros tres hijos aquí viven sufriendo y seguro que él vive mejor, pero es que es mi hijo y no hay un día que no pueda recordarle”, declara F.

Mucha más suerte tuvieron otras tres parejas congoleñas. Ellas también perdieron a sus hijos secuestrados en la frontera de Argelia y utilizados como escudo para pasar al Estado español. El destino les dio una oportunidad y pudieron reencontrarse con ellos debido a su estatus de refugiado y a la colaboración de la Comunidad Autónoma competente.

“Me han dicho que he tenido mala suerte que mi hijo haya llegado a Madrid, que si hubiese llegado a otra región española sería diferente”, se lamenta F. Y es que las competencias de cada Comunidad en materia de menores hacen que las medidas  y políticas respecto a los niños migrantes sean totalmente diferentes y obedezcan demasiado al capricho de los políticos de turno.

En este sentido, el IMMF (Instituto Madrileño del Menor y la Familia) parece haber sido negligente con la existencia  de la madre.

Por otro lado, muchos otros niños ni siquiera llegaron a ser tutelados y  no han sido aún encontrados por sus padres. “Vino a casa y me propuso llevarse a uno de mis hijos, tenía un pasaporte para viajar un adulto con un niño. Aquí vivimos fatal, huíamos de la guerra, hemos pasado muchas penalidades. Mi mujer no quería que el niño viajase, pero pensé que era lo mejor para él. Era todo muy fácil, llegarían a París y allí se quedaría con un familiar nuestro. Pero nunca llegó. A la persona le perdimos el rastro”, dice con desesperación un padre congoleño.

Tiene razón en dos cosas, que la angustia por dar una vida mejor a sus hijos les hace tomar decisiones sin sopesarlas y que la mayoría son tomadas por el varón de la familia, relegando a la madre a un segundo plano.

Desgraciadamente la comunidad congoleña en tránsito ha podido perder a un gran número de menores durante su diáspora.

El conflicto bélico de RDC, la dureza del camino, el poder de las redes de trata y la incapacidad de las administraciones para proteger a los menores, hacen que asistamos a una de las situaciones más invisibles que vivimos en nuestro mundo transnacional.

Muchas madres divididas entre el amor a sus hijos y la resignación de que allá donde estén encuentren un futuro mejor.

“Queremos que cuando crezcan sepan que no les abandonamos, que nos los robaron, que les buscamos, que no pudimos recuperarles pero que no por eso dejamos de quererles”.


Frontera de Bel Younech y Ceuta.

El gobierno marroquí lanzaba un comunicado el seis de agosto denunciando una devolución irregular por parte de la guardia civil de Ceuta.

Las víctimas han sido de nuevo inmigrantes subsaharianos, en concreto ocho, que se encontraban en un grave estado de salud.

Ninguna de las entidades que trabajan en inmigración ha podido esconder su sorpresa ante esta declaración pública del reino vecino.

Organizaciones sociales, organismos internacionales e incluso el Defensor del Pueblo Español habían abierto investigaciones sobre lo que sucedía en las fronteras de Ceuta y Melilla.

Ahora sorprendía que fuese el propio Marruecos quien admitiese estas prácticas.

Este tipo de devoluciones, deportaciones o expulsiones irregulares (imposible calificarlas legalmente puesto que se oponen al derecho internacional e incluso a nuestra ley de extranjería) se vienen efectuando desde hace años con el beneplácito de las autoridades de ambos países, España y Marruecos.

La base legal que han argumentado siempre era el Acuerdo de Buena Vecindad de 1992, que contemplaba la devolución a tierras marroquíes de los inmigrantes que hubiesen salido de ese territorio.

Nunca llegó a aplicarse a inmigrantes subsaharianos llegados a las costas andaluzas o canarias, pero sí se ejecuta de forma expeditiva en las fronteras de Ceuta y Melilla.

Años hemos pasado sin la aplicación de un acto administrativo que controlase a las personas devueltas, y que protegiese los derechos de menores, mujeres embarazadas, enfermos o demandantes de asilo.

Años sin la intervención de la policía nacional que posee las competencias en materia de extranjería.

Años “arreglándose” entre la guardia civil de Ceuta y Melilla y las Fuerzas de Seguridad del Reino de Marruecos.

Años sin garantías para los derechos humanos de los inmigrantes.

Inmigrante herido después de una deportación-expulsión y atendido en Marruecos

Entre marzo de 2003 y junio de 2005 se acreditaron 351 expulsiones con estos métodos, entre ellos gente herida y algunos desaparecidos.

Sonko no tuvo la misma suerte y murió el 25 de septiembre de 2007, como “efecto colateral” de estas malas practicas. Así lo relataba en su día Jene F., compañero en aquel fatídico viaje.

«Fuimos atrapados por la guardia civil que nos hizo subir a su barco. Eran tres guardias civiles.

A unos 100 metros de la playa marroquí, la guardia civil dió a la mujer camerunesa un chaleco salvavidas para que pudiera llegar a la orilla de la playa. La guardia civil pinchó el resto de los chalecos con un cuchillo y nos obligó al resto a tirarnos al agua para llegar a la playa marroquí.

El migrante costamarfileño no quiso tirarse al agua y recibió un golpe en la nuca y cayó al mar. El senegalés se agarró a una barra de hierro del barco de la guardia civil y gritaba que él no sabía nadar. Los guardias civiles no tuvieron en cuenta sus palabras y le soltaron los dedos para hacerle caer al agua y que volviera como pudiera a la playa marroquí, pero por desgracia él se ahogó en la superficie de las aguas delante de la guardia civil, protagonistas de tan macabra escena.

Una vez que la guardia civil se dio cuenta del ahogamiento del chico senegalés, se tiraron al agua para ponerle a salvo. Le llevaron rapidamente a tierra firme y también corrieron a socorrer al costamarfileño. Intentaron reanimarlos a los dos pero el senegalés ya estaba muerto ».

Los inmigrantes habían usado aquel día el método de life-jacket y se lanzaban al agua a nadar en parejas. Las deportaciones de la guardia civil añadían un gran riesgo a esta forma de cruce.

Increíble ha sido también el posicionamiento de la Fiscalía General del Estado que ante la denuncia de estos hechos se pronunció en 2009 de la siguiente forma, «cúmpleme comunicarle que esta pretendida «devolución de hecho» y fuera de los cauces legales, en absoluto se ha producido, sino que la actuación de los agentes de la Guardia Civil se ha limitado al rescate y salvaguardia de dos sujetos que intentaban cruzar a nado desde una playa de Marruecos a otra de Ceuta y a petición de las propias autoridades del norte de Africa. Esta actuación no es la primera vez que se lleva a cabo… ».

En la actualidad pequeñas lanchas neumáticas a remo salen desde el mes de marzo en las playas marroquíes buscando las costas ceutíes o gaditanas.

Desde esa fecha dieciocho personas han desaparecido tragadas por el estrecho o en expulsiones sin control.

«Me devolvieron de la lancha, íbamos cuatro, la zodiac de la Guardia Civil casi nos hace volcarnos. Allí en la costa marroquí, nos detuvieron los gendarmes. ¿Cómo nos vamos a ver?. Somos mercancía y moneda de cambio de las relaciones bilaterales de España y Marruecos. Por encima del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos, están los intereses económicos y estratégicos que unen a ambos países. Esto lo sabemos. Somos inmigrantes y pobres, pero no estúpidos », declara Issa, devuelto hace una semana a las costas de Bel Younech por la Guardia Civil de Ceuta.


Son las once de la mañana hora española, la diez en Marruecos.

La escena se produce en la entrada de la frontera española de Ceuta, en la boca de lo que llaman “la jaula”, donde cada mañana cientos de porteadoras pasan llevando mercancía entre ambos países.

Los protagonistas son un hombre corpulento de unos cuarenta y tantos años y una mujer  de unos setenta.

Él la zarandea violentamente, le grita. Pienso que la señora puede caer al suelo en cualquier momento, es mayor, extremadamente delgada, me recuerda a mi abuela.

Hay otros hombres que animan al agresor.

Le gritan “!muy bien, haz tu trabajo!”.

Él responde, mientras le da el último empujón, “es el único lenguaje que entienden”.

Esta vez una de las rodillas se ha doblado y en un momento creo que la señora va a perder el equilibrio y caer al suelo.

Me estremece la escena.

Los agresores son miembros del cuerpo nacional de policía del estado español.

La agredida es una mujer marroquí que lleva a su espalda mercancía.

Aicha es también porteadora y le parece normal sufrir este  tipo de violencia.

“Es nuestro día a día. Me levanto a las cinco de la mañana. Hago la cola. Vuelvo a entrar cuantas veces sea necesario o pueda. A veces cierran los españoles sin motivo y te quedas entre los barrotes, pasan accidentes, muertes… otras es nuestra policía la que nos machaca con las porras”.

Las fronteras nunca son justas, pero las de Ceuta y Melilla parecen reírse del ser humano.

Se calcula que unos 1.500 millones de euros al año salen de estas dos ciudades en forma de mercancías que son vendidas en Marruecos.

Un negocio voraz del que se alimenta la economía de las dos ciudades y que genera múltiples beneficios en forma de sobornos en frontera.

El eslabón último de esta cadena son las porteadoras que diariamente se juegan la vida en “la jaula” o en los pasos alternativos.

Tienen que hacer el trayecto el mayor número de veces posible antes que la frontera cierre a las 13:00 horas. Por cada viaje las mujeres ganan entre uno y cuatro euros, para ello cargan a sus espaldas entre 50 y 100 kilos de peso.

Safia murió en la frontera de Melilla en enero de 2009, cuatro meses después dos porteadoras sufren la misma suerte en una avalancha en el paso de Biutz en Ceuta. Son algunas de las muertes pero  ha habido muchas otras.

Casi 15.000 porteadoras, en su mayoría mujeres, entran diariamente a Ceuta. Al igual que en el Barrio Chino de Melilla, las avalanchas y los accidentes son frecuentes.

La imagen es como la de una gran Ginkana o  un programa del Grand Prix.

Las porteadoras deben sortear la violencia policial, salir ilesas de las avalanchas, soportar los golpes, llevar la carga, pagar los sobornos, afrontar el frío o el calor extremo, sobrevivir en unas fronteras donde la mercancía es la dueña del ser humano.


Querida niña:

Hace poco que tu vida ha cambiado sin que tú lo sepas.

Tu madre te llevaba en su regazo mientras cruzabais un mar que la dejó sin vida.

Ahora tú tienes un futuro diferente del que aún no eres consciente.

Quería hablarte de tu madre y tal vez estas letras sobrevivan al tiempo y un día puedas encontrarlas.

Naciste en Trípoli, Libia. Cumpliste seis meses en este mes de julio. Te pusieron la primera vacuna en Marruecos.

La primera vez que vi a tu madre te llevaba pegada a su espalda y tú estabas dormida.

Tu mami me pareció linda, con un cuerpo menudo, casi adolescente, que movía con una tremenda gracia.

Al principio me pareció que tenía una mirada triste pero no era cierto. Cuando comencé a hablar con ella una gran sonrisa se dibujó en su cara.

La noté presumida y llena de esperanza. Te mostraba orgullosa.

Me quedó clavada en la memoria la imagen de su espalda en la que se dibujaba tu silueta mientras atravesaba la puerta. Esa fue la última vez que os pude ver.

No eres la única niña que llegó sola al otro lado del Estrecho.

Pensando en ti estos días me han venido a la mente varios pequeños que atravesaron solos la valla de Ceuta y Melilla, que llegaron a Barajas con unas personas y unos pasaportes que no eran suyos o que fueron rescatados del mar como tú.

Con el paso del tiempo os preguntareis cosas, buscareis a vuestras familias.  Espero  incluso que os atreváis a denunciar a los estados por todos los desaparecidos que la injusticia social deja en el camino.

Serán otros tiempos de los que formáis parte como futuro.

Querida niña,  si llegas a saber cómo fueron los últimos años de vida de tu madre posiblemente te asustarás y no entenderás nada. No la culpes, no te culpes, busca respuesta en un sistema que destroza a los pobres del mundo.

Quédate con su búsqueda de futuro, quédate con su sueño de esperanza, quédate con su linda imagen de cuerpo menudo, casi adolescente, llevándote a la espalda.