Pandoras Invisibles

Viendo la foto que publica Luís de Vega en el ABC del 27 de septiembre, reconozco al primero que va en la fila escoltado por los soldados marroquíes.

Es Check, maliense, y en el campamento de migrantes próximo a Ceuta tenía montado un negocio de recargas de baterías de móviles.

Ante la cámara oculta su rostro, pero le recuerdo en su ghetto (o chabola) rodeado de teléfonos móviles cargándose a través de una batería de coche. En el bosque no había electricidad y así él hacía un servicio a la comunidad y se ganaba la vida mientras esperaba a pasar a Europa.

Pagaba a un marroquí de un pueblo cercano que le recargaba la batería y él cargaba a su vez los teléfonos por un módico precio. Después, amplió el negocio con una segunda batería que le regalamos.

Ese era y es nuestro amigo Check, un tipo listo, con iniciativa, que huía del hambre y la miseria con todas las ganas de un hombre joven.

Duele verle escoltado por los militares como si fuese un delincuente. Aquel día se entregó a las fuerzas de seguridad porque según él, corriendo Jbel Moussa, montaña  arriba nunca le hubiesen cogido.

A veces, por las mañanas temprano venía al ghetto del viejo Abdelkader, cuya chaqueta se le había pegado al cuerpo como una segunda piel (verano e invierno, la chaqueta permanecía con él siempre) y se lo llevaba a subir y bajar montañas para estar en forma.

Cada uno tenía su rutina en aquel campamento informal, autorganizándose para no olvidar que eran ciudadanos.

Buscar el agua, lavar la ropa, hacer el té, los turnos de comidas. Incluso tenían gobiernos y aquellas leyes escritas con castigos como el destierro o la construcción  del ghetto cárcel ,donde podían pasar desde dos días a una semana.

Sobre todo se hacía hincapié en no robar ni agredir a la población local.

Sabían que estaban de prestado.

Con la liga de fútbol entre comunidades estaban entretenidos. El cuidado del campo estaba a cargo de los casi 30 menores guineanos.

Esta era la cotidianeidad de la vida de aproximadamente mil personas que vivían en los asentamientos del bosque próximo a Ceuta antes del salto a la valla del 29 de octubre de 2005.

Después comenzaron los muertos, las llamadas desde el desierto y los crímenes sin investigar.

“La jornada del 29 fue difícil. Llevábamos varios meses de asedio policial. El acceso al agua y a la comida cortado. Cuando ibas a buscar agua tenías que dar diez dírhams a la policía y cuando volvías otros diez. Estábamos al límite de las fuerzas. Y escuchábamos lo que estaba pasando en la valla de Melilla. Todos nos empujaba a ir hacia adelante a intentarlo, lo que no sabíamos es que íbamos a morir tantos en el intento. Dispararon por delante y por detrás. Marroquíes y guardia civil. Dispararon ambos y nosotros estábamos en medio, una avalancha de gente cayendo desde la valla”.

Ciertamente debió ser terrorífico.

No pude verlo, pero Cisse me despertó aquella madrugada sobre las tres y podía escuchar los gritos de la gente pidiendo asilo, llorando de dolor, también voces en castellano que decían “cállate negro…cabrón… moreno” y algo que podría identificarse como disparos.

Después continuó  la locura y miles de inmigrantes de origen subsahariano fueron deportados a la frontera que Marruecos comparte con Mauritania, el Sáhara y Argelia.

La primera víctima por disparos había caído en la valla de Melilla, dos semanas antes estábamos con él y con su grupo que huían ensangrentados de un intento de salto.

Aquel chaval camerunés se nos clavó en el corazón pensando que sería el único. Pero sólo era el primero.

Revisando los documentos de aquel momento un largo listado de 245 personas desaparecidas surge ante mis ojos.

Luego están los cadáveres aparecidos en ambos lados de la valla, todos con nombres y apellidos, familias que han hecho funerales por sus hijos pero sin que nadie aún les haya hecho justicia.

“Cuando vi a Le Roi caer de la valla pensé que había muerto, su madre quedó arriba bloqueada por los disparos. La cogí y la ayudé a no caer”, recuerda Dani.

Le Roi tenía apenas unos pocos meses cuando cayó de lo alto de la valla de Ceuta. Durante el bullicio permaneció callado, sin llorar. Al principio le daban por muerto, pero el bebé estaba vivo. Ahora, reinstalado en Europa junto a su madre, escucha la historia de aquella noche como si fuese un cuento donde él es un héroe que sobrevive al infierno de las balas.

Han pasado cinco años y pocos medios se han hecho eco del aniversario.

Muchos nos hemos llamado por teléfono para recordar a los muertos y desaparecidos y  sus anécdotas de vida.

Desde Guinea Bissau, Ghana, Noruega, Argelia, Dinamarca, los compañeros de aquel “genocidio” llaman para saber cómo van las cosas por las fronteras marroquíes y compartir dolor y recuerdos.

Hace cinco años me decían que usar la palabra genocidio había restado credibilidad a nuestra denuncia porque en realidad aquello no se podía calificar con ese término.

Tal vez la palabra no sea correcta o no es políticamente aceptable definir así unos hechos pagados con fondos del estado español y habría que buscar otros conceptos.

Sea como fuere, muchos muertos y desaparecidos y una responsabilidad que nunca hemos asumido.

Cinco años después seguimos pidiendo justicia y teniendo memoria.