Pandoras Invisibles

Condenado a muerte en 2006 por un tribunal libio.
De padre camerunés y madre Nigeriana.
Jean Jacques explica que en contadas ocasiones desde su detención ha podido comunicarse con alguien del exterior.

“ Estamos en el infierno esperando a ver cuando nos mandan al otro infierno. La espera es insoportable y el calor, siempre sientes calor. Todo se paga con favores, con corrupción, con poder. Si estás muerto porqué no te dejan vivir este tiempo con dignidad. A veces me pregunto qué es peor, la muerte o ser un perro en vida.”

La primera frase que JJ me regala me corta el aliento.

“ Volví de Marruecos, de saltar la valla de Nador, me deportaron a Mali y de ahí era volver andando a Camerún o ir con otros a Libia. Así que pensé trabajar un poco en Argelia, de ahí para Níger y entré en el infierno libio. Trípoli era una ciudad llena de gente, bulliciosa, en aquel momento tenía hasta un pasaporte en regla. Papeles y posibilidad de trabajar, incluso pensé en abandonar la idea de ir a Italia. Así que tuve unos meses de tranquilidad. Ya sabes lo fiesteros que somos los cameruneses, alcohol, bailes, que nos gusta la vida mucho. En el barrio hubo una gran pelea entre africanos. La policía hizo una redada tremenda y la pelea dejó dos muertos, creo que dos chicos nigerinos. La historia me pilló borracho y también entré en los golpes, pero no maté a nadie. Detención, tribunal en árabe, sin abogado, sin traductor, además me pillaron borracho algo muy grave en este país. Me pedían dinero pero no tenía en ese momento. Tardé casi un mes después de entrar en prisión en comprender que estaba condenado a muerte. No me lo creía, hubiera preferido morirme en aquella puta pelea”.

Dejo hablar a JJ que se siente cómodo al volver a usar el francés, lengua, en la que según él, puede expresar sus sentimientos.

“Dices corredor de la muerte y te imaginas las películas americanas, todo limpio, comida buena, libros, (ríe a carcajadas) aquí estamos llenos de mierda, en celdas de mierda, con comida asquerosa, toda mejora hay que pagarla, con favores, con dinero, con miedo. Soy pobre, vengo de familia pobre, de país pobre”.

JJ se permite con una gran ironía plantear su realidad.

“El año pasado hubo un indulto del Jefe libio y algunos pudieron salir de los corredores de la muerte. Así que espero a ver qué me depara la suerte. Tú me hablas de derechos humanos, que suena muy bonito, pero yo prefiero hablar de suerte, otros hermanos africanos hablan de Dios, pero yo he perdido mi fé, y prefiero hablar de suerte. No creo en los sistemas, ni humanos ni divinos”.

La Comisión Africana de los Derechos del Hombre y de los Pueblos apeló el año pasado al líder libio a suspender la pena de muerte a veinte nigerianos.
Este estamento respondía así a una demanda hecha por la ONG nigeriana SERAP.
Según el Abike Dabiri, presidente de la Comisión Parlamentaria de la Diáspora de Nigeria, 40 de sus compatriotas habían sido ya ejecutados en Libia y más de 200 condenados a muerte.
La radio de Ghana Peace FM difundía en el mes de abril una entrevista al diputado James Kwabena cuyo hijo estaba desde el año 2004 en el corredor de la muerte en Libia.
James denunciaba las irregularidades del tribunal que había emitido la condena y la situación de incomunicación que había sufrido su hijo. Pudo comunicar con él el diecinueve de abril, seis años después de su arrestación.
Organizaciones sociales denuncian que cientos de subsaharianos se encuentran condenados a muerte en países del Norte de Africa y Asia.
Acusados de asesinato algunos, pero muchos otros por atraco o tráfico de drogas en juicios de dudosa transparencia.
Abandonados a su suerte por sus propios países y sin medios económicos para asegurar una asistencia.
Es otra de las caras de la pobreza.