Pandoras Invisibles

  • El Comité contra la Tortura de Naciones Unidas obliga al Estado español a hacer justicia en el caso de Lauding Sonko, inmigrante senegalés muerto en 2007 a manos de la Guardia Civil, cuando intentaba cruzar a nado hacia Ceuta.

Archivo (AP Photo)El Estado, en su defensa, explicó que los hechos habían sido archivados por un juzgado de Ceuta, pero el Comité considera que “cabe al Estado parte explicar las circunstancias de la muerte del Sr. Sonko, toda vez que le han rescatado con del agua con vida. El Comité considera, asimismo, que independiente del hecho de que los guardias civiles hayan pinchado el flotador del Sr. Sonko o a qué distancia de la orilla lo hayan depositado, este fue dejado en condiciones que le causaran la muerte”. Ya que el comité observa que “los guardias civiles mantuvieron el  control sobre las personas a bordo y eran por tanto responsables de su integridad”.

Además, el Comité considera la imposición de “sufrimiento físico y mental antes de su muerte, agravada por la particular vulnerabilidad del autor como migrante”. El Comité condena al Estado español por violación de los artículos 16 y 12 de la Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos y Degradantes. El comité “insta al Estado parte a efectuar una investigación adecuada e imparcial de los hechos que se produjeron el 26 de septiembre de 2007, a perseguir y condenar a las personas responsables de esos actos y a conceder una reparación integral que incluya una indemnización adecuada a la  familia del Sr. Sonko… el Comité desea recibir en un plazo de 90 días, a partir de la fecha de transmisión de la presente decisióm, información sobre toda medida que hay adoptado en respuesta a las observaciones formuladas supra”.

El caso de Lauding, que acabó en una tragedia irreparable, forma parte de una lista interminable de devoluciones ilegales e inhumanas efectuadas en la frontera de Ceuta.

El protocolo de devoluciones aplicado por la Guardia Civil a Sonko consistía en recoger a los inmigrantes mientras estaban nadando, subirlos al barco, y volver a tirarles al agua, para que volviesen a nadar en dirección a la playa marroquí. Muchas personas que habían sufrido esta práctica llegaban extenuadas, con hipotermias y eran detenidas por la gendarmería marroquí. Se quejaban también los inmigrantes que los guardias civiles les hacían fotos antes de volver a obligarles a nadar.

Así fue devuelto dos veces Smael, tras haber pedido asilo. Una de las veces casi pierde la vida y tuvo que recibir asistencia médica en Castillejo, ciudad fronteriza con Ceuta. “No me extrañó la muerte de Sonko, lo que me sorprende es que no hayan muerto muchos más, aunque claro no cuentan las personas desaparecidas a las que sus familias siguen buscando. La familia de Sonko al menos tiene la suerte de saber lo que pasó con él y dónde está enterrado”, Smael habla desde un profundo dolor porque en una de esas “deportaciones” de nuestras fuerzas de seguridad estuvo desaparecido para amigos y familiares durante quince días.

Lo peor de todo esto es que la muerte de Sonko no fue provocada por unos guardias civiles actuando de forma arbitraria, sino por un cuerpo de seguridad que cumplía órdenes de la Delegación de Gobierno de Ceuta. Esta práctica era institucional, lo que dificultó las investigaciones del caso Sonko y provocó que nuestra justicia ordenase el archivo de las actuaciones derivadas del fallecimiento de Launding.

Sonko fue trasladado al cementerio de Santa Catalina de la ciudad autónoma y enterrado como un número. Otros compañeros en el bosque de Ben Younes, próximo a Ceuta, habían guardado algunas de sus pertenencias. Entre ellas, había unas pulseras y la carta de inscripción consular. Con ese documento se logró poner nombre y apellidos a la víctima. Tras diversas averiguaciones se contactó con su familia en Senegal y con otros familiares residentes en Almería.

Sonko no estaba solo aquella madrugada del 26 de septiembre de 2007, las tres personas que le acompañaban, dos hombres jóvenes y una mujer de cincuenta y dos años, fueron deportadas al desierto, en la zona de Argelia, tras ser detenidas por las autoridades marroquíes. Así, se perdían los testigos de un hecho delictivo.

Buscarles no fue fácil pero no hubo ninguna dificultad en que colaborasen en dar su testimonio sobre los hechos, mostrando una gran valentía y solidaridad con su compañero muerto.

El relato de los testigos y también víctimas de tortura, daba luz a lo que había sucedido esa madrugada.

“El barco que nos ha sacado del agua se ha dirigido hacia la costa marroquí. Los guardias nos han empujado al agua. Antes de ello, uno de los guardias ha sacado un cuchillo y pinchado los salvavidas de los hombres. El chico costamarfileño vomitaba porque estaba muy cansado y gritaba que por favor no le tiraran que quería pedir asilo, que era refugiado. En ese momento uno de los guardias civiles le ha dado un golpe en la nuca y también le han tirado al agua. El costamarfileño se las ha arreglado para llegar a la playa.

El senegalés gritaba que no sabía nadar, y gritaba constantemente que no sabía nadar, y los guardias le han tirado al agua y reían, parecía como si pensaran que todo era una broma.  Al principio se ha agarrado a algo del barco, pero los guardias le han soltado del barco a la fuerza. Ya en el agua, el chico senegalés ha  bajado y subido a la superficie tres veces y a la tercera  ya no gritaba y entonces uno de los guardias, se ha tirado al agua para sacarle.

Ya en la costa, en el lado marroquí de Ben Youness, estábamos los cuatro en la playa. El costamarfileño había perdido el conocimiento por el esfuerzo y estaba medio ahogado. El senegalés estaba muerto.

La gendarmería marroquí se ha quedado con nosotros pero le ha dicho a la Guardia Civil que el muerto era de ellos, que ellos lo habían provocado.

Del lado español ha llegado la ambulancia. La guardia civil ha abierto la puerta de la frontera y dos camilleros han entrado unos metros, dos guardias han metido al senegalés sobre la camilla y le han transportado hasta la ambulancia española junto con los guardias.

Hemos pasado tres días en el puesto de la gendarmería a unos cincuenta kilómetros de Tánger, después nos han tirado a la frontera de Argelia”.

Después de identificada a la víctima y obtenidas las pruebas, la profesionalidad, la paciencia y el tesón del gran abogado Alberto Revuelta han hecho ver la luz de la justicia después de cuatro años. Mostrando así que el trabajo con migrantes debe salir del asistencialismo, tan cómodo para el Estado, y asentarse en la lucha por los derechos humanos y la recuperación de la ciudadanía.

Las fronteras  no pueden ser territorios sin ley de nuestra monarquía bananera. En Ceuta y en Melilla debe aplicarse la ley de procedimiento administrativo de negación de entrada y respetarse los Convenios Internacionales firmados por el Estado español.

Esperemos que esta condena sirva de precedente y logre frenar las vulneraciones diarias de derechos que se producen allí donde es fácil hacer desaparecer a las víctimas.


  • José desapareció el día de Nochebuena cuando se decidió a cruzar el estrecho de Gibraltar.
  • Lo último que se supo de él quedó grabado en el contestador de un teléfono. Entre ruido de olas, José pedía que se llamase a la Cruz Roja.

Parecería una metáfora navideña pero es una triste realidad.

José y diecinueve personas más están desaparecidas desde el pasado 24 de diciembre, cuando intentaron cumplir su sueño de llegar a Europa.

Se habían reunido entre todos y cotizado para comprar los materiales. Nada de intermediarios, ni pasadores, una especie de cooperativa, cuyos socios decidieron que aquella noche era la mejor.

“El mar engaña mucho. Después de misa, recogieron algunas pertenencias, yo no lo veía, el estrecho es muy complicado… fue la última vez que les vi”, declara un compañero.

Archivo (Arturo Rodríguez /AP Photo)

Los rumores circulan incesantes entre las comunidades migrantes.

“Parece que los senegaleses llamaron por teléfono a unos compañeros en Rabat porque habían tenido problemas en la patera. Les decían que llamasen a los servicios de rescate en España. Parece que llamaron. Eso es lo que dicen”, responde C. de nacionalidad nigeriana.

Lo que sí es cierto es que se encontraban en peligro y que llamaron pidiendo auxilio.

Ahora les lloran por los barrios. “Ayer nos dijeron que seguramente habían muerto todos, pero ¿dónde están los cuerpos?”, se lamenta A. entre lágrimas.

“Había una chica entre ellas pero no la conocemos. Cuando estás en la “aventura” intentamos saber de dónde viene cada uno, así, al menos, cuando alguien desaparece podemos llamar al barrio, en el país de origen, dar la alerta, buscarles”, declara N. con visible impotencia.

La única opción que les queda es seguir buscando, mientras los días van agotando la esperanza de las personas que amaban a José y al resto de sus compañeros de viaje.


Manos de un inmigrante en Canarias (Javier Bauluz / PIRAVÁN)

“Habíamos estado cuatro días al borde del mar esperando montar en la zodiac para irnos a España. Decidimos volver al bosque porque no podíamos aguantar más. Estábamos sin comer, escondidos y hacía un frío tremendo. Cuando volvíamos comenzó a sentirse mal, cansado. Al llegar a una zona del bosque se tumbó en el suelo y dijo que no podía más, se quedó allí encogido, con sus manos sobre las rodillas como un bebé y nos dimos cuenta de que dejó de respirar. No lo había soportado”. Amadou relata así la muerte de su compañero sucedida en el domingo 23 de enero.

“Entonces es que había sufrido mucho. Murió de sufrimiento”. Ismael reflexiona así sobre la noticia del fallecimiento.

Allí se quedó en el bosque el compañero maliense cuyo nombre desconocen todos. La nacionalidad se le notaba en el acento, en ese francés peculiar que tiene la etnia bambara.

Y eso que los malienses son de los más duros, los que más aguantan los dolores del camino.

Allí se quedó, en el bosque, el compañero maliense como otros que se quedaron en el desierto o en el mar, “porque el camino está hecho de cadáveres y pisamos sobre ellos”, Sekou lo dice sin lamento, más bien como un grito a la conciencia.

El otro día hablaba con una monja adoratriz (a la que comienzo a adorar por su capacidad de lucha) sobre mi próximo viaje. Debatíamos acerca de lo peligroso de la zona, del riesgo, y ella me decía “si te pasa algo que te dejen allí, qué más da”. Le dije que no inmediatamente, porque tengo un seguro que me permite la repatriación de mi cuerpo y fantaseábamos sobre una gran ceremonia en la que todo el mundo me lloraba.

A todos nos importa nuestra muerte, el último acto de nuestra vida que nos da la sensación de que somos eternos, únicos e importantes. Así que este post de hoy, quiere ser una pequeñita ceremonia de despedida para el cuerpo del compañero maliense cuya última parada ha sido un bosque con vistas al Estrecho.


Koné Abdoulaye murió intentando salir de Ceuta escondido en los bajos de un camión. Poseía documentación que le permitía circular libremente por el estado español, pero aún así la Delegación de Ceuta vulnerando sus derechos le mantenía “preso” en territorio ceutí.

Abdoulaye Kone en una foto tomada con el móvil de un amigo (El Faro de Ceuta)

Dar la noticia de la muerte de alguien siempre es un trago amargo, pero lo peor es darla cuando sabes que la muerte se ha producido porque nuestras instituciones violaron las leyes.

Hablar con los amigos de Abdoulaye en Rabat y con su familia en Senegal  me ha dejado unos trazos de rabia que me cuesta gestionar.

“Es el gobierno español el que ha matado a nuestro Abdoulaye”, declara un miembro de su familia refugiado en Senegal.
Hablamos durante casi una hora. Le repito varias veces cómo ha pasado y varias veces me vuelve a preguntar lo mismo. Al principio los llantos no la dejan hablar y a mí se me hace un nudo en la garganta, así que los silencios son importantes.
Después viene la furia conforme le narro dos o tres veces cómo sucedieron los hechos.

Al final preguntan si Abdoulaye está enterrado, que eso es lo más importante en este momento,  porque ellos no tienen medios ni patria para repatriar su cadáver.

En Senegal y en Costa de Marfil se están preparando unos funerales. No tienen posibilidades económicas pero intentarán matar aunque sea un cordero, para pedir que el alma de Abdoulaye descanse en paz. La comunidad costamarfileña refugiada en Senegal se está volcando con los miembros de la familia.

Los que llevan varios días consternados son sus compañeros de Rabat. Todos se debaten  entre la resignación y la incertidumbre por su propio futuro. Ablo, nombre por el que era conocido en su comunidad, deja muchos amigos.

“Era mi pequeño, compartimos habitación durante un año entero. Era mi pequeño. También Smael le conocía bien. Todos le conocíamos bien. Hay que avisar a la familia… No te angusties era su destino, corremos muchos riesgos. ¿Cómo murió con los papeles en el bolsillo?, repitémelo otra vez para explicarlo bien a sus amigos y familia, no lo entiendo”, a Oumar le cuesta asimilarlo.

Abdoulaye dijo en casa en Rabat que se iba durante tres días al bosque, quería probar suerte. Ya había pedido el asilo en Marruecos pero la situación de indefensión de los refugiados en el reino alaouita le llevó a dar el salto a Ceuta.
“Pasó aprovechando la fiesta del Ramadán”, cuenta uno de sus compañeros. “Era su destino, los que estamos en la aventura nos arriesgamos a esto, da igual que seas un refugiado, es lo mismo, sabemos que el maltrato lo sufrimos todos”, dice otro costamarfileño.

Las llamadas de teléfono de sus compañeros de Rabat no cesan. “Verdaderamente es increíble, es como si la política de Ceuta y Melilla fueran diabólicas. El caso de Abdoulaye no es el único, tenemos muchos compañeros y familias así en las dos ciudades. Muchos que ya fueron reconocidos por Acnur como refugiados”, declara S., un líder de los refugiados costamarfileños.

“Era un niño, parece que le estoy viendo arreglando zapatos en aquella plaza”, comenta desconsolado uno de sus amigos.

Abdoulaye era joven y estaba necesitado de protección, la pedía a gritos. De asistencia psicológica, de entornos seguros.
Ni en Marruecos ni en España supimos tratarle como a un niño que había vivido una experiencia de guerra.
Su muerte es el fracaso de nuestros sistemas de protección, los nacionales pero también los internacionales.
Su muerte es el resultado de las violaciones de leyes nacionales e internacionales.

” Teneis que hacer algo para que éso cambie”, pide entre sollozos un refugiado de la misma edad que Ablo.