Pandoras Invisibles

Nuestras políticas de externalización de fronteras han provocado un aumento de la violación de los derechos humanos en países terceros. Desde el sistema Frontex hasta el inmigrante muerto en una frontera parece haber un largo camino pero no es así. Los discursos políticos se alejan tanto de la realidad que no vemos el impacto que estos tienen sobre los seres humanos. Hoy quiero mostraros la situación angustiosa de un grupo de inmigrantes que fueron expulsados por las autoridades marroquíes a la frontera con Mauritania, a una zona que es tierra de nadie.

“Os suplico que nos rescatéis, no podemos continuar andando, vamos a morir en este desierto. Os lo suplico de nuevo. Estamos cerca de la frontera Mauritana, vemos la barrera Mauritana y los soldados”, grita Ebo al teléfono.

Expulsados de frontera en frontera y puestos lo más lejos posible de las puertas de Europa.

Esa es la máxima de nuestra política migratoria, de nuestro sistema garantista y de nuestra democracia. La forma en que esto se haga poco importa porque nadie lo verá, no aparecerán los cadáveres en los medios de comunicación, ni habrá familias pidiendo responsabilidades legales.

Sesenta personas fueron expulsadas antes de anoche a la zona antes mencionada. Los más fuertes decidieron adentrarse en el desierto y continuar andando para encontrar la forma de ir hacia adelante. Los que no podían más no tuvieron más remedio que usar su teléfono y pedir ayuda de forma desesperada.

No pueden ir hacia atrás pero tampoco hacia adelante, porque lo suyo no es una expulsión con un proceso administrativo ni con unas garantías, lo suyo es algo ilegal a todas luces, que viola las leyes internacionales pero que tampoco se ajusta a los convenios entre los dos países o a las leyes de extranjería nacionales.

Lo suyo es tirarlos como el que tira la basura para que no se vea fea alrededor de la casa del rico pagándole al que nos hace ese trabajo sucio.

El programa HERA que afecta las relaciones de control migratorio con Mauritania costaba en 2010 más de 80 millones de euros.

Aún nadie ha podido contestar a su petición de socorro. Siguen ahí, no hay acceso a la zona desde Marruecos, ni posibilidades de que entren de nuevo para ser asistidos.

No pueden entrar en Mauritania hasta el momento, las organizaciones de derechos humanos mauritanas dicen que habría que pedir un permiso especial del gobernador de la zona.

No dejo de pensar que cuando algo no es justo tal vez la militancia está en buscar otras estrategias por que las horas pasan sin que se encuentre una solución legal al problema de estos inmigrantes.

Y me pregunto, ¿deportarlos de esa forma se ajusta a derecho, a la legalidad?

“Pierdo las fuerzas, no nos queda mucha batería en el teléfono, os suplicamos que alguien nos ayude”, pide Ebo a las 8:31 de la mañana (hora marroquí) el uno de febrero.


Son las once de la mañana hora española, la diez en Marruecos.

La escena se produce en la entrada de la frontera española de Ceuta, en la boca de lo que llaman “la jaula”, donde cada mañana cientos de porteadoras pasan llevando mercancía entre ambos países.

Los protagonistas son un hombre corpulento de unos cuarenta y tantos años y una mujer  de unos setenta.

Él la zarandea violentamente, le grita. Pienso que la señora puede caer al suelo en cualquier momento, es mayor, extremadamente delgada, me recuerda a mi abuela.

Hay otros hombres que animan al agresor.

Le gritan “!muy bien, haz tu trabajo!”.

Él responde, mientras le da el último empujón, “es el único lenguaje que entienden”.

Esta vez una de las rodillas se ha doblado y en un momento creo que la señora va a perder el equilibrio y caer al suelo.

Me estremece la escena.

Los agresores son miembros del cuerpo nacional de policía del estado español.

La agredida es una mujer marroquí que lleva a su espalda mercancía.

Aicha es también porteadora y le parece normal sufrir este  tipo de violencia.

“Es nuestro día a día. Me levanto a las cinco de la mañana. Hago la cola. Vuelvo a entrar cuantas veces sea necesario o pueda. A veces cierran los españoles sin motivo y te quedas entre los barrotes, pasan accidentes, muertes… otras es nuestra policía la que nos machaca con las porras”.

Las fronteras nunca son justas, pero las de Ceuta y Melilla parecen reírse del ser humano.

Se calcula que unos 1.500 millones de euros al año salen de estas dos ciudades en forma de mercancías que son vendidas en Marruecos.

Un negocio voraz del que se alimenta la economía de las dos ciudades y que genera múltiples beneficios en forma de sobornos en frontera.

El eslabón último de esta cadena son las porteadoras que diariamente se juegan la vida en “la jaula” o en los pasos alternativos.

Tienen que hacer el trayecto el mayor número de veces posible antes que la frontera cierre a las 13:00 horas. Por cada viaje las mujeres ganan entre uno y cuatro euros, para ello cargan a sus espaldas entre 50 y 100 kilos de peso.

Safia murió en la frontera de Melilla en enero de 2009, cuatro meses después dos porteadoras sufren la misma suerte en una avalancha en el paso de Biutz en Ceuta. Son algunas de las muertes pero  ha habido muchas otras.

Casi 15.000 porteadoras, en su mayoría mujeres, entran diariamente a Ceuta. Al igual que en el Barrio Chino de Melilla, las avalanchas y los accidentes son frecuentes.

La imagen es como la de una gran Ginkana o  un programa del Grand Prix.

Las porteadoras deben sortear la violencia policial, salir ilesas de las avalanchas, soportar los golpes, llevar la carga, pagar los sobornos, afrontar el frío o el calor extremo, sobrevivir en unas fronteras donde la mercancía es la dueña del ser humano.