Pandoras Invisibles

Se pinta los labios mirándose al espejo. Es la primera vez que se maquilla, la primera vez que duerme fuera de casa. La primera vez que saldrá a la calle sin pañuelo.
Está nerviosa porque es un gran riesgo, tiene miedo que alguien la reconozca.

Le ha dicho a su madre que su amiga está enferma y que dormirá en su casa.
Para sus amigas es mucho más fácil porque no son de Tánger. Para ella es más complicado, si alguien de su barrio la ve en un bar su familia la repudiaría, no lo soportarían.
Además está cansada, muerta, hoy han estado doce horas trabajando en la máquina, tenían un pedido de camisetas para Barcelona.
Se quita de nuevo el carmín, le parece demasiado rojo. Lo sustituye por un color rosa clarito.
Es como si estuviese cometiendo un crimen, traicionando a su familia, a su religión, a ella misma.
Las amigas le dicen que es sólo tomar una copa, salir un ratito, que es una gran oportunidad para ella.
Están invitadas por un empresario español esta noche. Comentan con soltura los nombres de varias chicas del textil que se fueron a España gracias a sus “amigos españoles con contactos en el consulado”.
Pero al empresario le gusta ella y no sus amigas.
Apenas acaba de cumplir los diecisiete y nunca ha salido del barrio, de la casa a la fábrica, de la fábrica a la casa.
Es verdad que no le gusta ponerse el pañuelo, lo odia, pero una cosa es el pañuelo y otra…
Al final, tras mucho dudar, decide salir, decide arriesgarse, no hará nada forzada a ello, lo ha decidido. También tiene le da pavor perder el trabajo.
En la discoteca aparece él.
Unos cincuenta y tantos, bajito, con barriga cervecera y los primeros botones de la camisa desabrochados. Le acompañan otros españoles. Sacan a las chicas a la pista, les ofrecen alcohol y tabaco.
Ella no quiere, piensa que le gustaría salir corriendo pero no lo hace.

Dos semanas después

El empresario español no ha vuelto a aparecer después de aquella noche, ella le recuerda como en una nebulosa, borracho, tocándola.
Han llegado otros españoles, la invitan a salir a ella y a sus amigas.

Recoge ropa del armario y el maquillaje que tiene escondido.
Antes de dirigirse a la puerta de la calle va hacia la cocina. Mete la ropa occidental, la minifalda, la camisa con escote y las pinturas en una bolsa de plástico negra, la ata y la deja en la calle junto a un montón de basura.
Vuelve a entrar en casa y saca de una caja un niqab , se lo pone para ir a la reunión de la asociación islámica del barrio.
En el camino va pensando que tendrá que trabajar mucho para lograr los 3.000 dirhams que cuesta pagar la reconstrucción de su himen.
Antes de conocer a esos españoles soñaba con occidente, con sus libertades, con sus películas, con quitarse el pañuelo.
Ahora sólo quiere que alguien la proteja de los españoles, de su dinero, de su alcohol y de su sexo.