Pandoras Invisibles

  • Los menores vuelven a sus tiendas en el campamento de refugiados de Choucha, Túnez. Parece que hoy no habrá colegio, ni actividades, tampoco funciona el hospital.
  • La OIM (Organización Internacional de Migraciones) ya ha cerrado allí sus puertas causando una sensación de desesperanza entre los 4.000 desplazados que aún viven en el campo, situado a diez kilómetros de la frontera libia.


Niños jugando alrededor de la fuente del campamento de Choucha a falta de colegio (H. M.)

El uno de noviembre ningún organismo internacional u organización de las que trabaja en el campamento hace acto de presencia por una alarma relacionada con la seguridad.

La desazón se hace presa de los refugiados. “No es la primera vez que esto sucede. Si la memoria no me falla es la tercera, y claro, en una de ellas hubo muertos”, comenta un refugiado costamarfileño.

Templo de Choucha (H. M.)

A continuación varios de ellos se unen para explicar lo que llaman el “suceso” del campo. “En el mes de mayo cortamos la carretera, protestábamos por las condiciones de vida y la falta de respuesta de las entidades internacionales. Eso hizo enfadar a la población tunecina y unos 500 habitantes del pueblo más próximo se personaron en el campo y quemaron algunas tiendas, y el hospital que habían instalado los marroquíes. El problema es que había gente dentro que murieron calcinados. Los militares tunecinos intervinieron lo que provocó varios heridos de bala entre nosotros”, declara S., de Eritrea.

Tres de ellos aún presentan secuelas producidas por las heridas. Uno camina con la ayuda de un trozo de madera porque aún no ha recuperado la movilidad completa de sus piernas. “En la tienda encontraron cuatro cadáveres calcinados y al limpiar encontraron otros dos”, dice un somalí. En realidad nadie se pone de acuerdo con las cifras, pero sí confirman que lo que sucedió marcó un antes y un después de su situación en el campo. ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) también mostraba en un comunicado de 27 de mayo su versión sobre los hechos.

Los refugiados y desplazados por el conflicto libio no se sienten aceptados por las autoridades tunecinas que para circular fuera del entorno les exigen un salvoconducto militar con el que sólo pueden llegar hasta Ben Garden, ciudad próxima al campamento, pero no más allá en el territorio tunecino. Además saben que están a unos diez kilómetros de la frontera donde se desarrolla el conflicto libio, que continúa siendo escenario de situaciones de violencia.

“Oyes por la noche las explosiones, los tiros, la cosa no está estable y esto te hace sentir más inseguro, es como si de repente rememorases constantemente todo lo que te ha pasado. Es una cárcel a cielo abierto”, habla con angustia un costamarfileño.

El campamento está lleno de artistas, cantantes, pintores y un poeta que desde que llegó, hace ocho meses, refleja en un pequeño cuaderno su vida cotidiana. Uno de sus poemas, titulado Carnage (Carnicería) expresa lo que sintió aquel día de los enfrentamientos.

Fuir et retourner sur nos pas pour

secourir un blessé qui agonise dans

un marre de sang

dans le ciel noir qui s´assombrit sous

l´effet de la fumeé suffocante

j´entends la chanson mortuaire d´un

homme qui pleure son frère tué

Demain matin, comme d´accoutumée

le coq chantera

le jour paraitra à l´horizon

surement la vie continuera comme

si rien ne s´et passé.

Dans le cauchemar de cette vie

oú l´homme devient la proie de l´homme

le sang des innocents coule pour abreuver

les vampires.

Ô pouvres refugiés nous vivons sous la protection de dieu

Silence! On nous tue

Huir y volver sobre nuestros pasos para

socorrer un herido que agoniza en

un charco de sangre

en el cielo negro que se oscurece bajo

el efecto del humo sofocante.

Escucho la canción mortuoria de un

hombre que llora por su hermano asesinado.

Mañana por la mañana, como de costumbre,

el gallo cantará,

el día aparecerá en el horizonte,

seguramente la vida continuará como

si nada hubiese pasado.

En la pesadilla de esta vida,

donde el hombre se convierte en la presa del hombre,

la sangre de los inocentes fluye para dar de beber

a los vampiros.

Oh, pobres refugiados vivimos bajo la protección de Dios…

¡Silencio! Nos matan

Boreba Echile Marc

El poeta y su cuaderno de vivencias (H. M.)

Así que cuando las autoridades internacionales del campo no hacen acto de presencia, las especulaciones y el miedo comienzan a sentirse en todas la comunidades y todo el mundo se lanza a descubrir qué es lo que está sucediendo. En esta ocasión, parece que hay un conflicto porque las autoridades de Naciones Unidas han despedido a 250 trabajadores tunecinos y temen que esos trabajadores tengan una reacción violenta, lo que ha hecho que ni el ACNUR, ni otras organizaciones humanitarias se presenten a trabajar.

“Dicen que no les han pagado a los trabajadores y que por eso temen que vengan a reclamar. Otros dicen que los trabajadores quieren una indemnización por el despido, sea lo que sea, ellos están a salvo, y si vienen a quemar el campo, como la otra vez, aquí quedamos los refugiados y los militares tunecinos”, comenta con laxitud una chadiana.

No parece que los habitantes del campamento se sientan protegidos por los militares, cuya función está orientada a proteger a los organismos internacionales presentes en la zona, la población tunecina y a mantener el orden en el territorio. Túnez, como el resto de países del norte de áfrica, tiene una política de control exhaustivo para migrantes procedentes del Africa subsahariana, aplicando deportaciones a fronteras próximas, al estilo de las que suceden en Marruecos, Argelia y Libia.

No ha habido diferencia entre trabajadores, migrantes irregulares o víctimas de trata, como bien relata un ciudadano sudanés cuya mujer está en Europa con su hijo.

Cuando trabajaba en Libia logró reunir dinero para pagar 6.000 euros, era lo que costaba el visado en el mercado negro. El racismo se le hacía insoportable en territorio libio y quería un futuro diferente para su hijo. “Trabajaba en un compañía petrolífera de Djerb cuando llegaron gente con pistolas, todo el mundo corría y mucha gente murió. Logré encontrar un transporte de Djerb a Trípoli, me dirigí a la oficina de la compañía pero todo estaba cerrado. Volví a mi casa y me habían robado todo. Compré una maleta y logré recuperar 2400 dinares (1200 euros). Fui a mi embajada pero no obtuve ninguna respuesta a mi situación”. En el bus en el que intentaba ir hacia la frontera le pararon los libios, piensa que eran los rebeldes pero para él todos son iguales, gadafistas o rebeldes, no encuentra diferencia y le quitaron todo, todo, diciéndole “Negro, cuando viniste a Libia no tenías nada y ahora te vas de Libia de la misma forma, sin nada”. Así acabó llegando a este sitio hace ocho meses.

El campamento comenzó con 17.000 refugiados y trabajadores inmigrantes que huían de lo que sucedía en Libia. En principio, cuando el mundo miraba hacia la zona y todo era del interés de la OTAN y otros organismos, se pusieron en marcha mecanismos de ayuda en la instalación, que resultó ser de los campos más caros del mundo.

Cientos de tunecinos fueron contratados para el mantenimiento con salarios que superaban con creces el salario medio de la región. Pero hace dos semanas los recortes comenzaron, coincidiendo con el llamado fin del conflicto libio. Dicen que no hay más dinero para mantener el campamento, la población local está siendo despedida y los refugiados asumirán, como pasa en otros campos, labores de limpieza y logística.

Los recortes se notan mucho en la comida, que alterna el arroz seco con un cuscus mojado en algo de salsa. En los últimos tiempos, además,  la carne brilla por su ausencia, entre otras cosas porque la deuda de los gestores del campamento con el proveedor de carne asciende a los 50.000 dinares (25.000 euros).

Las cuatro mil personas que aún quedan se han convertido en un elemento molesto para los tunecinos y en un problema difícil de resolver para las agencias de Naciones Unidas. Los expedientes se están resolviendo con celeridad y los que no obtengan el estatuto de refugiado deberán decidir entre retornar a sus países, quedarse de forma irregular en territorio tunecino o bien regresar a Libia, aunque ACNUR no recomienda esta última opción.

Refugiado en Libia que había salido de su país perseguido por su confesión religiosa. Había logrado crear una compañía de construcción, pequeña, pero le permitía vivir de forma bastante buena. Los bombardeos de la OTAN afectaron a su vivienda, lo perdieron todo, lo poco que quedaba fue robado en el pillaje. Lograron guardar algo de dinero, unas maletas y las fotos familiares que muestran orgullosos. Apenas una decena de retratos de juventud del cabeza de familia y de cada uno de los miembros de la familia.

Vivían los seis en Trípoli, cuatro hijos y los dos progenitores. “Después de recoger lo poco que nos quedaba nos dirigimos hacia el puerto, donde mucha gente intentaba hu

ir. Había gente que decidió ir vía terrestre, pero era también peligroso, nosotros nos dirigimos al puerto. Allí estaba la gente de Abdullah al-Sanoussi (lugarteniente de Ghadafi), su guardia personal. Nos pidieron 7.300 dinares (3600 euros) por dejarnos a todos acceso al barco. El barco estaba supercargado, llevaba a bordo unas mil personas, pasamos cinco días en el agua sin ningún tipo de ayuda, a la deriva. Más de cuatrocientos murieron, el barco llegó a las islas tunecinas de Kerkennah. Allí nos rescató la guardia tunecina, muchos murieron, así que estamos contentos de estar toda la familia viva”

Los compañeros del campamento de refugiados recuerdan el día que llegaron los refugiados procedentes del inmenso naufragio. Llegaron destrozados y algunos iban incluso descalzos.

Supervivientes del naufragio (H. M.)

Uno de sus hijos tiene trece años, nació en Libia, estudió allí, y no hace más que repetir que ha perdido el curso escolar. No quiere hablar de lo que pasó en el barco, sólo repite que toda su familia está bien y que eso es lo más importante. Toda la familia ha sido reconocida como refugiada y esperan que una reinstalación los saque del campo. No tienen pensamiento de volver a Libia, no creen que con el nuevo régimen, siendo extranjeros, se les vaya a reconocer lo que han perdido y que puedan comenzar de nuevo.

Para protestar por la falta de soluciones la comunidad chadiana había iniciado una huelga de hambre y continuaban con movilizaciones frente a las dependencias de ACNUR, aunque las respuestas de esta agencia han sido nulas hasta el momento.

De las 160 personas que forman parte de la comunidad procedente de Chad, más de 60 han obtenido respuesta negativa a su demanda de asilo.”Ya en la entrevista te dicen que hay que volver al país porque ya no existe la guerra. Se da una respuesta general y no se estudian los casos de forma individual. Nos dicen además que de aquí al treinta de noviembre, todo el mundo tendrá el resultado de su demanda y, si es negativa,  que estaremos en las manos de las autoridades tunecinas y que  son ellas las que van a decidir si te llevan a tu país por la fuerza o te devuelven a Libia”, declara un líder chadiano.

Las deportaciones forzosas a la frontera Libia pesan en el imaginario de aquellos que no han sido aceptados como refugiados.

“Nos han informado de que o volvemos a nuestro país, o quedamos irregulares en Túnez, o volvemos a Libia. Ponernos en esta situación es realmente difícil. Algunos tienen cuentas pendientes en su país, Tunez siempre ha sido un país durísimo sino tienes documentación y en Libia, la gente nueva ha perseguido a los africanos de una manera brutal porque nos consideraba a todos mercenarios y pro-gadafistas”, declara un costamarfileño con la demanda de asilo rechazada.

“Me obligaron a casarme con doce años. Me pegaba mucho y huí, entonces llegué a Libia. Tenía o tengo un marido, que conocí en Trípoli. No sé si está vivo o muerto la verdad. Llegaron un día los pasadores libios al campamento ofreciendo viajar a Europa y él decidió irse, para lo que pagamos 500 dólares. El día 20 de julio se fue de la tienda y estuvo quince días esperando la salida del barco, cerca de Zuwärah en Libia, entonces me llamaba y me contaba. Me dijo que eran unos setecientos en el barco, y ya no supe nada más”

Durante meses los pasadores libios y tunecinos se han nutrido de personas procedentes del campamento de refugiados por precios relativamente bajos en el mercado, entre 200 y 500 dólares. De forma sorprendente el tránsito de migrantes entre las dos fronteras es fluido si es gestionado por los pasadores que se aprovechan de la falta de esperanza que se respira entre los migrantes que viven en el campo de refugiados.

Al cierre de este post nos informan que en los últimos seis días los funcionarios del ACNUR no han hecho acto de presencia en el campamento.

Un refugiado ha plantado hierba formando el nombre de su hijo nacido en el campamento (H. M.)


El movimiento forma parte intrínseca del ser humano y  la libre circulación es uno de los derechos fundamentales nacidos del espíritu de supervivencia.

“Moverse es algo natural para nuestra etnia. Ni siquiera durante la colonización francesa dejamos de movernos buscando espacios mejores. Hemos recorrido desiertos una y otra vez. Buscábamos sal, agua, ganado. Después volvimos a movernos hacia el trabajo en las plantaciones. El movimiento forma parte de la costumbre. Mi sobrino viajaba buscando algo mejor, también decía que buscando libertad”, declara un familiar de uno de los desaparecidos en el Mar de Alborán.

El 29 de agosto sobre mediodía recibo una llamada. Al otro lado del teléfono una persona me informa que el 28 sobre las diez de la noche hora española,  una zódiac con 37 personas, entre ellas cuatro mujeres, había salido desde las costas próximas a Alhouceimas con destino a Andalucía.

Tres días después y con un dispositivo de rescate que ha buscado exhaustivamente en zona española y  marroquí, nada se sabe de los desaparecidos.

La mayoría de ellos procedían de Costa de Marfil y viajaban con su estatuto de refugiado envuelto en plástico para protegerlo del mar.

Otros provenían de Mali y Guinea. Uno de ellos era enfermero y dejaba su dossier de notas a buen recaudo con las instrucciones de enviárselo cuando estuviese en España.

Dos de las cuatro mujeres estaban embarazadas y harían dieciocho años en los próximos meses.

Un día antes, 57 inmigrantes subsaharianos y de Bangladesh estuvieron a punto de ahogarse cuando la zodiac había zozobrado. Fueron rescatados por dos barcos, que les encontraron sobre la embarcación que ya se había dado la vuelta. Algunos se hallaban con el agua al cuello y el resto comenzaban a sumergirse mientras la patera se hundía rápidamente. Ellos tuvieron suerte y su vida se salvó por minutos.

Del grupo, 10 fueron trasladados a Melilla y 47 a Alhuceimas, desde donde sufrieron inmediatamente una deportación al desierto.

El dolor y la incertidumbre son los efectos directos de la tragedia sobre los familiares y amigos.

El miedo y la pesadumbre son los efectos colaterales que se extienden a toda la comunidad migrante.

Al shock que se produce tras un drama como éste hay que unir el recrudecimiento de las medidas represivas tras la visita de Rubalcaba a territorio marroquí.

Veinticuatro personas fueron detenidas el  lunes 30 en los barrios de Mesnana y Aouama, en Tánger. La madrugada del martes 31 todo el grupo era trasladado  a Oujda para su deportación.

Lo más sangrante es que entre ellos se encuentran seis mujeres con sus bebés, una de ellas con gemelos de seis meses de edad y tres chicas embarazadas, dos de ellas menores.

Allí, en la ciudad fronteriza con Argelia, se reunirán con los detenidos de las redadas de esa misma fecha.

“Es la primera vez que algo así pasa en Oujda. La policía iba casa por casa buscando inmigrantes. Hasta ahora sólo los buscaban en la Facultad o bien en el campo. En mi casa han tocado a la puerta y mi casero les ha dicho que yo tenía los papeles en regla y que me dejasen tranquilo”, declara S. procedente de Costa de Marfil.

El domingo 29 más de cien inmigrantes habían sido detenidos en Ouja en una operación cuyo objetivo fue el campus universitario, los bosques colindantes a la ciudad y los refugios próximos a la frontera con Argelia.

“Los testimonios de los migrantes que han conseguido volver a Oujda el lunes después de un juego de ping-pong entre los militares marroquíes y argelinos, declaran haber sufrido una violencia y brutalidad desmesurada en su detención. Los testimonios hablan también de la utilización de perros policías, de cámaras y fotos para documentar la operación… las autoridades marroquíes han decidido, bajo mandato europeo, que las huellas digitales sean obligatorias y consten junto a la imagen de los inmigrantes… la base de datos Eurodac, que contendrá las huellas de los migrantes y será la prueba, si los migrantes desembarcan a Europa, para enviarlos automáticamente a Marruecos”, declara en un comunicado la organización marroquí ABCDS.

Asistimos de nuevo al mercadeo de la subcontratación del control fronterizo. Gadafi, con su habitual falta de pudor, sacaba los colores a nuestras cacareadas democracias y llamaba a las cosas por su nombre.

“Libia, con el apoyo de Italia, exige a Europa al menos 5.000 millones de euros anuales… Es en interés de Europa, porque si no, mañana, el avance de inmigrantes podría convertirla en África, en un nuevo continente negro”, dijo Gadafi.

Paguen religiosamente y haremos su trabajo sucio es, en resumen, lo que el líder libio declaró en Roma. Otros países del Norte de África no son tan expresivos pero juegan al mismo juego con Europa.

¿Es moral, legal y justo pagar cuando sabemos que con nuestro dinero se violan los derechos humanos?

El tráfico de armas, de drogas y la trata de personas son los tres grandes negocios que no dejan de transitar por nuestras fronteras. Los que más dinero dan y los que más se refuerzan día a día paradójicamente. La militarización y la externalización han fortalecido el poder de las redes de trata para explotación sexual.

Cuando nuestros estados hacen hincapié en frenar la libertad de circulación, en las avalanchas, en el miedo al mestizaje, los ciudadanos olvidamos que las fronteras no son más que un gran business del que se benefician los de siempre.

Cada cruce, cada movimiento migratorio, cada desaparecido es también una visibilización de un sistema injusto, torpe y asesino.

El sábado cinco de septiembre una patera era localizada casi en aguas argelinas. Eran los desaparecidos. Treinta y cuatro habían sobrevivido tras ocho días a la deriva. Tres habían muerto y sus cuerpos lanzados al mar. Al límite de sus fuerzas, sin comer ni beber agua, resistieron sostenidos de lejos por las solidaridad y las súplicas de familiares y amigos.