Pandoras Invisibles

Son las once de la mañana hora española, la diez en Marruecos.

La escena se produce en la entrada de la frontera española de Ceuta, en la boca de lo que llaman “la jaula”, donde cada mañana cientos de porteadoras pasan llevando mercancía entre ambos países.

Los protagonistas son un hombre corpulento de unos cuarenta y tantos años y una mujer  de unos setenta.

Él la zarandea violentamente, le grita. Pienso que la señora puede caer al suelo en cualquier momento, es mayor, extremadamente delgada, me recuerda a mi abuela.

Hay otros hombres que animan al agresor.

Le gritan “!muy bien, haz tu trabajo!”.

Él responde, mientras le da el último empujón, “es el único lenguaje que entienden”.

Esta vez una de las rodillas se ha doblado y en un momento creo que la señora va a perder el equilibrio y caer al suelo.

Me estremece la escena.

Los agresores son miembros del cuerpo nacional de policía del estado español.

La agredida es una mujer marroquí que lleva a su espalda mercancía.

Aicha es también porteadora y le parece normal sufrir este  tipo de violencia.

“Es nuestro día a día. Me levanto a las cinco de la mañana. Hago la cola. Vuelvo a entrar cuantas veces sea necesario o pueda. A veces cierran los españoles sin motivo y te quedas entre los barrotes, pasan accidentes, muertes… otras es nuestra policía la que nos machaca con las porras”.

Las fronteras nunca son justas, pero las de Ceuta y Melilla parecen reírse del ser humano.

Se calcula que unos 1.500 millones de euros al año salen de estas dos ciudades en forma de mercancías que son vendidas en Marruecos.

Un negocio voraz del que se alimenta la economía de las dos ciudades y que genera múltiples beneficios en forma de sobornos en frontera.

El eslabón último de esta cadena son las porteadoras que diariamente se juegan la vida en “la jaula” o en los pasos alternativos.

Tienen que hacer el trayecto el mayor número de veces posible antes que la frontera cierre a las 13:00 horas. Por cada viaje las mujeres ganan entre uno y cuatro euros, para ello cargan a sus espaldas entre 50 y 100 kilos de peso.

Safia murió en la frontera de Melilla en enero de 2009, cuatro meses después dos porteadoras sufren la misma suerte en una avalancha en el paso de Biutz en Ceuta. Son algunas de las muertes pero  ha habido muchas otras.

Casi 15.000 porteadoras, en su mayoría mujeres, entran diariamente a Ceuta. Al igual que en el Barrio Chino de Melilla, las avalanchas y los accidentes son frecuentes.

La imagen es como la de una gran Ginkana o  un programa del Grand Prix.

Las porteadoras deben sortear la violencia policial, salir ilesas de las avalanchas, soportar los golpes, llevar la carga, pagar los sobornos, afrontar el frío o el calor extremo, sobrevivir en unas fronteras donde la mercancía es la dueña del ser humano.