Pandoras Invisibles

(AP Photo)

Grupos de mujeres nigerianas denuncian que cerca de trescientas compañeras han muerto desde que comenzó el conflicto libio. Desplazadas hasta este país en redes de trata para explotación sexual, sufrieron violaciones, maltrato, torturas y muertes en la más absoluta situación de indefensión.

Joey ha llegado a Benin City hace apenas una semana. Vivió en Bengasi y Trípoli. Dice que su patrón la ha podido sacar del país pero otras compañeras no tuvieron la misma suerte. Joey habla árabe, que lo aprendió mientras esperaba pasar a Italia.

“Cuando empezaron los problemas estábamos encerradas en las casas. Estuvimos así varios días. Era muy peligroso salir. Después teníamos que ir a buscar comida y algunas de mis compañeras desaparecieron cuando fueron a buscar algo de pan. Pero empezaron a entrar en las casas los libios. Nos violaban, a algunas las mataron. Me violaron tres veces, declara Joey con gran entereza.

Las chicas que lograron huir explican cómo los abusos procedían de ambas partes, de los rebeldes y de los partidarios de Gadafi.

“Teníamos miedo de todos los libios, de todos los hombres. Había gente del ejército, vecinos del barrio, otros africanos negros. La verdad es que huíamos de todos y estábamos sin protección, mi ‘boyfriend’ murió en la calle, le mataron a golpes, dijeron que era de Gadafi. A mí sólo me violaron, creí que iban a matarme”. Blessing permaneció varios días escondida antes de poder huir.

Varias fuentes de ciudadanos nigerianos confirman la escalofriante cifra de casi 300 mujeres subsaharianas asesinadas durante las luchas por la democracia que tienen lugar en territorio libio.

“Teníamos varias casas en las ciudades. Allí vivían las mujeres, en grupo, controladas. Con el tiempo hemos podido ver cuántas han desaparecido, de muchas de las muertes han sido testigos otras mujeres. Se perdieron casi trescientas, no te digo más”. William ha acompañado a un grupo de mujeres hasta la frontera con Níger.

William es ‘connection’, un controlador de la red, se encarga de proteger a las mujeres. En este caso los propios explotadores han conseguido poner a salvo su “mercancía”.


Muchas han vuelto a Edo State, el estado nigeriano más tocado por la lacra de la trata. Pero otras han cambiado su periplo y las redes las han movido hasta Marruecos.

“En el barrio me han dicho los vecinos que no salga el domingo porque la gente va a salir como en Libia. Me muero de miedo. Fui a Libia con quince ‘sisters’ y todas murieron. Las mataron en la calle, yo tuve mejor suerte. Todas estaban embarazadas como yo. El embarazo te protege de la violación, los árabes no te suelen violar embarazada, pero no de la muerte”. Precious habla mientras observa su inmenso vientre.

Ella revela algo muy importante y es todos esos bebés desparecidos que nacieron en Libia o en el camino hacia ese país y de los que no tenemos cifras, ni referencias, ni forma de demostrar que existieron.

“Perdí dos bebés en Libia. Huyendo, los perdí. Uno nació en Níger. Otro nació en Trípoli. Se llaman Mathew y Francis”, afirma Joey Matthew.

Según el gobierno nigeriano, haciendo referencia a datos ofrecidos por ONG italianas, unas 13.000 mujeres nigerianas, de las 20.000 que ejercen prostitución en este Estado europeo, habrían usado la ruta libia.

La situación de irregularidad administrativa y desprotección internacional de las víctimas de trata hacen que muchas de las violaciones de sus derechos queden impunes. La red migreurop hacía un llamamiento a ACNUR para la protección de los refugiados que se encontraban en territorio Libio.

También es el momento de instar a organismos internacionales a proteger a las mujeres víctimas de trata que se encuentran indefensas en este conflicto y ofrecerles una protección alternativa a aquella que están proponiendo las propias redes.


¡Qué suerte nacer en la zodiac y no aquí en Marruecos!

Es la frase más pronunciada por las  compañeras de la embarazada que dio a luz en la patera del Mar de Alborán hace unas semanas.

¿Suerte? Pensaba lo que tendría que ser los dolores de un parto en el oscuro de un inmenso mar y se me agarra un nudo, no de los de garganta, sino de ésos que las mujeres tenemos en pleno útero.

Pero para las nigerianas, Happiness (nombre de la niña nacida en el mar) es una afortunada, una niña con estrella.

En estos días de loterías de navidades la palabra suerte tiene un significado muy diferente en ese otro lado norte del Mar de Alborán.

Y es que ante tanta desigualdad ¡Qué difícil se nos hace la construcción de una suerte común donde todas nos sintamos reconocidas!

La semana pasada quería escribir sobre esa mujer, para mí heroína contemporánea, cuyo culmen de su viaje es dar a luz en una patera. La rabia que sentía en el estómago leyendo y escuchando a los medios de comunicación españoles me impidió hacerlo.

En España habían elegido a su héroe y evidentemente no podía ser una mujer africana. Para periódicos y radios un hombre vestido de verde, un guardia civil, era el protagonista de esta historia.

No es que quite el mérito de dar calor a un recién nacido, pero la vida de esa niña no dependía de ese hombre y él sólo estaba cumpliendo con su deber, haciendo su trabajo.

No digo que no debamos entrevistarle en todos los medios, pero ese espacio de tiempo debería haber estado dedicado a esas mujeres, a todas las que son mamás como la madre de Hapiness.

Tiempo para saber de dónde vienen, por qué vienen, a dónde van, qué pasará con ellas y para reconocerles esas ganas de salir adelante y buscar un futuro donde no lo hay.

Pero es que ese parto tiene algo de revolucionario que no queremos reconocer, que nos cuesta. El nacimiento de Hapiness es una gran victoria sobre un sistema injusto y lleno de desigualdades.

Nos encontramos más cómodos ensalzando los elementos propios de nuestra construcción social, pero por mucho que nuestros medios escenifiquen los hechos con mecanismos de nuestro control, con color verde militar, la realidad es muy diferente.

Lo cierto es que Hapiness y su madre son negras, como el oscuro mar de Alborán por la noche, y son ellas las que lo arriesgaron todo y son ellas las que dieron vida en medio de la oscuridad.

Este parto es la capacidad de la mujer por sobrevivir, el derecho al movimiento y la supervivencia en plena efervescencia.

No hemos querido desde nuestros medios darle el protagonismo que merecían sus historias porque no nos interesa que nos cuestionen desde dentro.

Muchas de esas mujeres vienen a Europa para sufrir explotación sexual y lo hacen porque nuestro sistema social la demanda, las quiere cada vez más jóvenes y llenan las calles de muchos polígonos industriales. Salieron de Nigeria, de Edo State, donde la pobreza se mitiga con la trata de sus mujeres y niñas.

Entregaron su cuerpo y su alma a una red que les prometió llevarlas a Europa. Saben algunas que el final será la prostitución pero tienen interiorizado que es la única salida que les queda, la única respuesta ofrecida por un sistema de oferta y demanda donde el origen, tránsito y destino migratorio juegan un rol en la destrucción de las mujeres como personas.

Así, durante todo el camino los derechos fundamentales de las mujeres y niñas son pisoteados, no sólo por las redes de trata, sino también por los estados, donde las víctimas no son reconocidas como tales y son perseguidas como delincuentes.

Si escuchásemos a las mujeres nos contarían las violaciones constantes, la violencia física y psicológica sufrida durante meses o años, las deportaciones en plena noche acompañadas de bebés llorando de miedo, tiritando de frío y muriendo de hambre. Tal vez nos contasen también, cómo otras niñas, otras Hapiness, han nacido en el bosque, en el desierto, o en un ghetto de ramas y plásticos.

Supongo que nos costaría aceptar que pocas serán reconocidas por nuestro estado como víctimas de trata. Aún a  pesar de nuestras flamantes leyes, serán tratadas como inmigrantes irregulares y volverán a sufrir vulneración de sus derechos.

Algunas, liberadas con expediente de expulsión, pasarán a poblar nuestras calles ofreciendo sus servicios sexuales.

Otras, deportadas a Nigeria por nuestro estado, volverán a ser recuperadas a pie de avión por las redes e iniciarán un segundo viaje donde estarán mucho más endeudadas y  volverán a ser explotadas.

Paradójicamente, la militarización de fronteras ha conseguido reforzar las redes de trata con fines de explotación en unos espacios permeables para las mercancías.

Esto sucede, porque en realidad, estas mujeres y niñas son una mercadería más, demandada por nuestra sociedad, que se convierte en otro de los negocios del espacio fronterizo.

Y dicho todo esto, sigo pensando que me hubiese gustado que las protagonistas indiscutibles de la noticia hubiesen sido Happiness, su mamá y sus historias de vida.


Niños en el Camino es  un documental que cuenta la historia de cuatro menores africanos.

Similitudes en el nombre con el estupendo trabajo de En el Camino, que durante estas semanas presenta periodismohumano.  Pero más allá del título ambos documentales comparten la denuncia de  violaciones de derechos humanos en los tránsitos migratorios, y traen a primer plano  la esperanza y la valentía de sus protagonistas.

En Niños en el Camino, tres menores nos cuentan sus historias migratorias, perfilando una de las realidades sociales plasmada en la serie Dibujos de Luz.

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Williams salió de su país por efecto de los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos en el estado de Canon, Nigeria. Relata cómo llegaron unos hombres a su casa golpeando la puerta, pegaron a su padre y violaron a sus hermanas. Su padre le dijo que corriese y él corrió, corrió y corrió, hasta que no pudo más y al volver la vista atrás contempló su casa en llamas.

Williams (Andoni Jaen)

Williams llegó a  la estación de autobuses de Tánger. Temblando de frío, muerto de hambre y miedo. Tenía catorce años.

Durante meses no pudo hablar, no podía contar su historia que se le atravesaba en la garganta cada vez que intentaba expresar sus sentimientos. Quince días de sesiones diarias para poder reconstruir su historia y presentar su demanda de asilo en la oficina del Acnur en Marruecos.

Francisco Ortiz, oficial de protección de Acnur España, declaraba durante el Seminario organizado por Save The Children en Toledo que “un niño no te va a contar que que le han violado o que le han obligado a hacer determinadas cosas, incluso porque lo ha interiorizado como normal y puede no ser consciente de que es malo lo que ha pasado. Ha sufrido y lo tiene interiorizado, pero no es capaz de verbalizarlo”.

Williams estuvo en manos de redes que le llevaron por el desierto de Níger y Argelia, hasta Marruecos. Recuerda el hambre y se niega a hablar de la violencia sexual que siempre le acompañó durante su camino.

Una vez obtuvo el estatuto de refugiado seguía viviendo en peligro, la protección no era completa, puesto que  el reino de Marruecos no le reconocía como tal. Apenas lograba sobrevivir con la mendicidad y su único objetivo era huir del control de las redes de trata para explotación sexual. Su historia tuvo un final feliz al reconocérsele que sus derechos en Marruecos no estaban garantizados y reinstalarlo a un país tercero.

Beauty (Andoni Jaen)

Afortunadamente Beauty corrió la misma suerte. Esta niña víctima de trata fue abandonada por la red tras haber intentado quemarla viva, con agua hirviendo, por negarse a ejercer la prostitución.

Aquel día, que ella llama su “accidente”, yacía sobre la cama del hospital quemada desde el cuello hasta las rodillas. Estaba desnuda, así la habían llevado otros nigerianos asustados por la barbaridad que su patrón le había hecho. Desnuda, convulsionaba de dolor entre la vida y la muerte.

Alrededor de la habitación varios hombres controlaban una chica de 15 años. Lloraba desconsolada sentada en el suelo a los pies de la cama del hospital. Tenía la misma cara de Beauty, al instante se veía que era su hermana gemela.

Sobrevivió a las quemaduras y nunca se atrevió a decir que aquel “accidente” había sido una brutal agresión.

Mutilada como estaba, dejó temporalmente de tener interés para la red que relajó su control sobre ella. Así, pudo pedir asilo y contar su historia. Beauty ya sabía lo que era ser víctima de trata, lo fue cuando era pequeña para explotación laboral  en su país.

Mientras estaba siendo explotada alguien le ofreció ir a Europa y salir de allí y ella aceptó. No se imaginaba que pasaría a sufrir otra explotación, peor si cabe que la primera.

Lo que mejor recuerda es el paso de las fronteras donde las chicas eran ofrecidas por la red a los militares como pago. Siempre habla en tercera persona de los abusos, dice que eso les pasaba a sus compañeras pero no a ella.

Una vez curada su patrón volvió a buscarla, tenía que pagar una deuda de la que ella no conocía ni la cuantía. Esta vez, los resortes de la protección internacional funcionaron y pudo alejarse de la red. Pero un poso amargo sigue anidando en sus ojos. Desde aquel día que vimos a su gemela no volvimos a saber de ella y  Beauty nunca ha admitido que tuviese una hermana.

Los niños/as  víctimas de la trata de personas enfrentan serios problemas. Con frecuencia sometidos al abuso físico y sexual, estos niños presentan necesidades específicas de atención médica y psicológica distintivas que deben tratarse antes de que ingresen en la etapa formativa de la adultez.


Jamal (A. J. )

Jamal vive en Tánger. Es alegre, lleno de vida y trabaja en un centro social de la ciudad. Pasó página de su proceso migratorio donde sufrió tres deportaciones ilegales por parte de las autoridades españolas. Está contento porque sabe que muchos de sus compañeros se fueron destruyendo con cada maltrato, con cada devolución.

La estancia en la comisaría marroquí después de ser enviado desde España, acababa con todos los niños embarcados en autobuses y abandonados en el interior de Marruecos. Que Jamal fuese tangerino poco importaba.

Su familia no sabía de sus reiteradas estancias en el puerto de Tánger aunque las intuía. Jamal expresa muy bien cómo detrás de estos menores que llamamos no acompañados hay muchas más cosas de lo que imaginamos. No podemos cogerlos como un lienzo en blanco en el que pintamos nuestras políticas migratorias porque son mucho más y les acompaña una historia de afectividades, violaciones de derechos.

El Defensor del Pueblo de Castilla y La Mancha usaba una hermosa metáfora para explicar la situación de lo que en España llaman los MENA. Dice que la vida de los menores migrantes está sobre un compás que tiene dos patas, una son las convenciones internacionales que protegen a los niños y niñas y otros son las políticas estatales migratorias y de menores. Pero que la pata fija del compás siempre deben ser esas convenciones internacionales firmadas por nuestro estado y que lo otro debía girar en torno a ellas.

Metáfora de la que las Comunidades Autónomas deberían tomar nota.

Smael (A. J.)

La cuarta historia de En El Camino se refiere a Smael. Salió de Guinea con diez años y pasó muchos de ellos en el campamento informal del bosque de Ben Younech próximo a Ceuta. Reiterados saltos a la valla y reiteradas deportaciones de la Guardia Civil cuando aún era un chiquillo.

Recuerda claramente los muertos de la valla de 2005 y los disparos, tanto de la Guardia Civil como de la policía marroquí. Allí perdió a una parte de su comunidad con la que hizo el camino y se encontró solo. Durante su estancia en Rabat se adaptó a vivir con la comunidad nigeriana y costamarfileña.

Es un gran ciudadano del mundo que habla muchas lenguas y al que le apasiona el hip-hop. A pesar de la dureza de sus experiencias juega al futbol todos los días y sale a correr por las mañanas para mantenerse en forma. Presume de no haber tomado nunca drogas o alcohol. Es un valiente que ha hablado claramente de todas las violaciones de derechos humanos que ha sufrido. Lamentablemente, no todas sus declaraciones aparecen en el documental por cuestiones de seguridad y él me dice que a veces los blancos somos un poco cobardes.

Cuando uno de nuestros amigos está triste, le preguntamos cómo se siente, le escuchamos si quiere hablar, nos ayudamos mutuamente.

Y tú, ¿Qué es lo que haces?, cita en un cuadernillo de la escuela costamarfileña.


Casadas en plena niñez por el rito tradicional de la Fatiha, miles de niñas marroquíes se enfrentan a matrimonios forzados y precoces, maternidad en plena adolescencia, servidumbre laboral y una larga lista de violaciones de sus derechos fundamentales.

Algunas de estas bodas esconden tras ellas la prostitución y la pedofilia y las niñas son repudiadas al poco tiempo de la ceremonia.

“Me casaron con diez años, apenas había tenido la regla. En la ceremonia estaba el Adoul que leyó el texto y nos dio su bendición. No había nada escrito claro está, estaba la dote que el señor pagó por mí a mi padre. El señor aquel era muy mayor, era como mi padre. Había venido en vacaciones al pueblo porque vivía en Europa. Pasé el mes con él en el pueblo, me enseñó lo que le tenía que hacer con él, ya sabes, todas las cosas sexuales y después volvió a Europa. Trabajé en la casa de su familia como una esclava, día y noche, lavando, limpiando, hasta que un día me devolvieron a casa de mi familia porque el señor había dicho que me repudiaba. De ahí, mi padre me envió a una familia en Casablanca para trabajar, decía que ahora era difícil casarme de nuevo y trabajé y trabajé. El señor de la casa abusó de mí y acabé en la calle. Allí empecé a prostituirme por dinero y un día decidí venir a Tánger donde sigo prostituyéndome. No tengo hijos y no quiero tenerlos, sobre todo no quiero tener una hija, no quiero tener una hija en este país”, declara Fatima.

Estos días, a seis años de la puesta en vigor del nuevo Código de la Familia marroquí y a las puertas de una reforma del Código Penal, algunos medios de comunicación del reino alaouita sacaban a la luz  cifras que revelaban una catástrofe en los derechos de la mujer, sobre todo en las zonas rurales de Marruecos. Un país cuya cara de desarrollo se circunscribe a algunas grandes ciudades y cuenta con inmensas zonas olvidadas.

La Moudawana o Código de Familia sufrió una importante reforma e hizo incrementar la edad del matrimonio de 15 a 18 años. Sin embargo, los matrimonios con menores son permitidos si los autoriza un juez, en principio mediando un informe social, médico y psicológico adecuado.

La realidad es que, según datos facilitados por el Ministerio de Justicia marroquí, las uniones legales con niñas menores de edad aumentaron de 2008 a 2009.

La pobreza, el analfabetismo, la falta de presencia administrativa en regiones alejadas y con dificultades de comunicación, son las principales causas que provocan la discriminación de las niñas.

Los matrimonios de menores continúan siendo un problema en algunas de las provincias más pobres como Beni Mellal, El Kelaa de Sraghna, Marrackech, Chichaoua, Errachidia y la zona del Rif.

Famoso fue en 2008 el matrimonio colectivo de casi 100 menores de entre seis y siete años que tuvo lugar en un pueblo del Medio-Atlas. Mediante la lectura de textos sagrados y con el consentimiento de los padres se establecía el compromiso de las niñas que irán a vivir con sus maridos cuando alcanzaran la pubertad, es decir, coincidiendo con su primera regla.

Las consecuencias son un alto número de niñas repudiadas, sometidas a explotación laboral en los domicilios de las familias de sus “maridos”, abandono escolar precoz e hijos nacidos de estas menores y que no tienen inscripción legal. Sin contar con todas las violaciones de los derechos sexuales y reproductivos, como la escasa o nula autonomía de decisión sobre su cuerpo, embarazos prematuros, alto nivel de abortos y aumento del riesgo de mortalidad materno-infantil.

La desprotección nos lleva a vislumbrar el crecimiento del fenómeno de “niñas de la calle”. Niñas en Casablanca que huyen de su trabajo como “petites bonnes” o lo que es lo mismo servidumbre laboral encubierta y justificada por la tradición. Una realidad en la que familias con poder adquisitivo tienen niñas trabajando internas desde temprana edad, niñas que muchas veces no recuerdan ni su hogar de origen.

Un problema que en Marruecos pocas organizaciones se atreven a identificar como trata con fines de explotación laboral. Y es que llamar a las cosas por su nombre da miedo pero nos hace visibilizar realidades y encontrar soluciones a la misma.

Otras menores acaban en el turismo sexual, cada vez más en auge en ciudades como Marrackech y Tánger,  paradójicamente en crecimiento ascendente con la presencia de los vuelos low-cost. Destino barato para los pedófilos.

Algunas inician un viaje en  redes de trata con fines de explotación sexual con destino sobre todo a Arabia Saudí, Qatar, Siria y Jordania.

Preguntarse porqué los matrimonios de corta duración bajo ritos tradicionales con menores pueden ser sospechosos de pedofilia, prostitución o explotación sexual puede llevarnos a enfocar las reformas legales necesarias para la protección de las menores. Romper tabúes para evitar llegar más lejos como sucede en otros países.

En Egipto forman parte de la normalidad bodas de un día de duración, en realidad una autoridad religiosa da un documento a la pareja y durante ése día los actos sexuales se hacen bajo el marco del matrimonio, con lo cual son legales. Al día siguiente la mujer es repudiada, y queda a la espera de su próxima “unión legal”.

El reto de una reforma adecuada del código penal es el que afronta el movimiento Printemps de la Dignité que agrupa a una veintena de organizaciones de mujeres y que apuestan por unas leyes basadas en la defensa de los derechos fundamentales en la línea de las Convenciones internacionales firmadas por Marruecos.

Esta “Primavera de la Dignidad” está dispuesta a luchar por el cambio de artículos penales relacionados con la violación, violación y violencia conyugal, aborto y la trata.


Durante esta semana los medios africanos y los compañeros de GuinGuinBali se hacían eco de la historia de La Venus Negra.

Abdellatif Kechiche había presentado en Venecia una película basada en la historia de esta mujer africana que fue exhibida en Europa, como si de un animal se tratase, debido a las dimensiones extraordinarias de sus nalgas y genitales.

El relato me ha hecho recordar un vídeo que había visto hacía dos meses. Me lo mostraba un joven marroquí en su teléfono móvil.

Una nigeriana bailaba semidesnuda, exhibiendo un enorme trasero, en una casa particular de Marruecos, mientras varios hombres coreaban insultos y se mofaban de ella.

“Mírala, pobrecilla, igual que un animal”, me dijo el muchacho entre triste y socarrón. Le producía pena esa mujer, para él a todas luces inferior, y a la vez  bromeaba con el grotesco espectáculo.

La chica, engalanada en exceso y con una gran peluca de pelo largo, liso y rubio, se movía de una forma  ágil y hermosa. Me dio la sensación de que su entereza ponía algo de dignidad a aquel vídeo rocambolesco.

Me ofreció el chaval pasar a mi móvil la grabación, cosa que rechacé. Sentí que cada vez que alguien veía ese vídeo volvía a repetirse el maltrato, de alguna manera, la víctima era agraviada una y mil veces.

Después, buscando a la chica, me enteré de que formaba parte de una red de trata.

Al igual que aquella Venus Negra esta mujer de peluca rubia también es una esclava.

Saartjie fue llevada a Londres en 1810 y se barajan dos teorías. Algunos dicen que mediante engaño por medio de los vínculos emocionales con un médico europeo. Otros, que directamente fue trasladada como esclava.

Beauty fue llevada a Marruecos camino a Europa en 2010 con una red de trata y está bajo la protección de un “marido”.

Me puse a pensar en el doloroso destino que había querido que justo 200 años después nuestras sociedades siguiesen transportando mujeres esclavas.

La Asociación Abolicionista Africana intentó que Saartjie se liberase de su yugo, pero al parecer el que ella dijese que disfrutaba de la mitad de las ganancias no permitió que se la considerase esclava.

Algo parecido pasa hoy en día cuando en algunos Centros de Internamiento de Extranjeros a las mujeres se les pregunta si ellas sabían que ejercerían la prostitución al llegar a España, o algunas veces, en casos extremos, se les cuestiona si ellas son putas porque quieren. En el caso de que la respuesta no sea contundente, tampoco serán consideradas víctimas.

Durante cinco años La Venus Negra se exhibió en el centro de Londres, tenía un público y una clientela.

En nuestra sociedad actual también hay una demanda de esclavas, una responsabilidad de aquel que consume lo que las redes le ofrecen.

Cuando Saartjie murió conservaron los genitales y el cerebro en formol para ser estudiados por un zoologista y paleontólogo francés. Es curioso, lo poco que hemos avanzado en la cuestión de la diversidad.

Andalucía Acoge publicaba un informe donde se denunciaban las pruebas de determinación de la edad para menores migrantes. En concreto, una niña nigeriana había sido declarada mayor de edad y en su informe radiológico se especificaba “edad ósea de 18 años, según los criterios establecidos por Greulich y Pyle para varones de raza blanca en la costa este de USA”.

Dos siglos después, la diferencia no sólo no acaba de  integrarse en nuestro imaginario social sino que, además, incluso es obviada por nuestras leyes democráticas.

El director de la película habla de La Venus Negra como un personaje misterioso.

Tal vez hubiese encontrado luces a ese misterio través de otras mujeres esclavas que hoy en día comparten nuestros espacios sin que seamos conscientes.

200 años que parece que fueron ayer.